UCRANIA-MOLDAVIA
Ucrania, Moldavia y Bucarest (Rumanía) han sido los últimos lugares por los que me he movido durante nueve días entre el 12 y el 20 de mayo de este año 2018.
Tengo que agradecer a Amparo que prácticamente una vez al año puedo disfrutar de un viaje en solitario que me hace sentir libre, desconectado, y en el que siento que aprendo y relativizo mi día a día. Me ayuda a comprender y apreciar diferentes estilos de vida.
El destino objetivo era Ucrania. Moldavia (también Transnistria, de la que hablaré más tarde) y Rumanía fueron colaterales. Ucrania me parecía y me sigue pareciendo un país parachoques entre Rusia y Europa, con direcciones hacia ambos lados. Aunque he de decir que, bajo mi modesta opinión y a pesar de las relaciones envenenadas que mantienen actualmente, tienen más en común con Rusia que con Europa.
El vuelo hasta Kiev con KLM no fue barato pero tal vez fuese lo único del viaje que me pareció overpriced. Tras la llegada al aeropuerto tomé un bus que me llevó hasta la estación de tren. Tenía muchas preguntas sobre cuán soviético me parecería Ucrania y la verdad es que Kiev me lo pareció desde el principio. Los edificios de las afueras, aunque más modernos que los del centro, son grandes y austeros.
Los coches sí son una muestra de la globalización pero siguen circulando Ladas en muy buen estado; aquellos que en su día la gente solicitaba y tardaba varios años en recibir, al igual que las viviendas, esperando el turno y teniendo que sobornar a funcionarios si querían acortar la espera, hasta 10 años mientras que si había soborno se podía conseguir en dos.
Los coches sí son una muestra de la globalización pero siguen circulando Ladas en muy buen estado; aquellos que en su día la gente solicitaba y tardaba varios años en recibir, al igual que las viviendas, esperando el turno y teniendo que sobornar a funcionarios si querían acortar la espera, hasta 10 años mientras que si había soborno se podía conseguir en dos.
En el alojamiento (Magic Bus Hostel) conocí a un pakistaní que vivía en Ucrania desde hacía años. Había tenido un problema con su piso de alquiler y se había mudado al hostel hasta encontrar nueva vivienda. Hablaba ruso y dijo que esa lengua la hablaba la mayoría de la población a pesar de que no fuese su lengua materna. Dicen que en el área de Kiev el ruso y el ucraniano es hablado a partes iguales; en el oeste (Leviv es la ciudad que visité) es 90% ucraniano, 10% ruso; y en el sur (Odesa) es 80% ruso, 20% ucraniano. Que una zona sea rusófona no significaba que sea prorrusa. Actualmente tienen bastantes problemas en el este, en la zona de Donetsk y Lugansk, donde población de origen ruso ha declarado la independencia de Ucrania tal como hizo la península de Crimea. Pero se han encontrado con que el apoyo inicial ruso no está siendo contundente y la guerra y sus consecuencias se está alargando mucho.
Kiev me pareció una ciudad masiva y me impresionaron varias cosas de ella. Lo primero: el metro, por su profundidad.
Paradas a más de 100 metros de profundidad sobre la superficie necesitaban escaleras mecánicas muy largas, tanto que un trayecto de arriba abajo o viceversa puede tomar más de tres minutos en los que algunos pasajeros se sentaban sobre los peldaños a mirar el móvil. El carácter silencioso y poco sonriente de la gente en general hizo que en algunas paradas de metro hubiese un silencio sepulcral roto sólo por el abrir y cerrar de las puertas del metro. Por cierto, la velocidad que alcanzaban los trenes subterráneos creo que podía alcanzar unos 70 u 80 km /h. Mi primer destino en metro desde el centro fue Babi Yar. Un lugar a las afueras que en 1941 fue utilizado por los nazis para exterminar a 33000 judíos en dos días que iban llegando hasta aquel barranco engañados pensando que los iban a deportar. El método de exterminio fue mediante metralletas y para enterrarlos dinamitaban las laderas del barranco para desprender tierra, cubrir cuerpos y continuar con la siguiente tanda. Lugar terrorífico convertido hoy en memorial de todas las personas que fallecieron allí: no solo judíos sino también gitanos y disidentes ucranianos.
Paradas a más de 100 metros de profundidad sobre la superficie necesitaban escaleras mecánicas muy largas, tanto que un trayecto de arriba abajo o viceversa puede tomar más de tres minutos en los que algunos pasajeros se sentaban sobre los peldaños a mirar el móvil. El carácter silencioso y poco sonriente de la gente en general hizo que en algunas paradas de metro hubiese un silencio sepulcral roto sólo por el abrir y cerrar de las puertas del metro. Por cierto, la velocidad que alcanzaban los trenes subterráneos creo que podía alcanzar unos 70 u 80 km /h. Mi primer destino en metro desde el centro fue Babi Yar. Un lugar a las afueras que en 1941 fue utilizado por los nazis para exterminar a 33000 judíos en dos días que iban llegando hasta aquel barranco engañados pensando que los iban a deportar. El método de exterminio fue mediante metralletas y para enterrarlos dinamitaban las laderas del barranco para desprender tierra, cubrir cuerpos y continuar con la siguiente tanda. Lugar terrorífico convertido hoy en memorial de todas las personas que fallecieron allí: no solo judíos sino también gitanos y disidentes ucranianos.
Desde Babi Yar regresé al centro a visitar diferentes lugares emblemáticos como la plaza Maidán, famosa hoy por las más de 100 personas que murieron durante las protestas de enero y febrero de 2014 para derrocar al entonces presidente prorruso Viktor Yanukovich. Altares con fotos y flores para cada uno de los muertos, memorial con fotos de aquellos días, etc. es lo más llamativo de esta plaza tremenda que por otro lado es muy bonita porque tiene diferentes niveles con escenarios varios.
En el momento en que yo estuve había dos manifestaciones diferentes. Una de ellas sobre algo relacionado con el estado de Israel por las banderas y la música que había sobre un escenario; y por otro lado había una manifestación de madres, viudas, hermanas de soldados caídos durante los enfrentamientos que se están llevando a cabo con tropas independentistas en las zonas del este que he comentado.
De la plaza Maidan, a la casa de las Quimeras, edificio del parlamento, palacio Mariyinsky, puente del diablo, parque Ashkoldova con las vistas hacia el otro lado del río Dnieper (muy ancho),
monumento a la amistad entre las naciones (que es un arco plateado enorme que parecía centrarse más en los vínculos entre Rusia y Ucrania). Aquí comenzó a llover y me refugié en la catedral católica donde asistí a una misa completa con música en directo y pantallas donde se podían leer las palabras del sacerdote. Me di la paz con los asistentes a mi alrededor. Algo que me llamó mucho la atención de las iglesias que visité (la mayoría ortodoxas) es que había mucho joven feligrés, algunos incluso soldados con uniforme. Y mi explicación para eso era la guerra, con la posibilidad de muerte propia o de allegados creo que el alma humana es más propensa a necesitar apoyo espiritual. En cuanto paró un poco continué camino hasta el monasterio de San Miguel,
fácil de identificar por su color azul cielo intenso y sus cúpulas doradas. En el interior había una misa con unos 10 monjes oficiando y muchos más feligreses de pie pasando por diversas imágenes orando y besándolas para después pasarles un paño por encima a modo de limpieza. Desde aquí, tomando la avenida Volodymyrska en línea recta se llegaba hasta la catedral de Santa Sofía.
De las varias opciones de pago para su visita yo me decanté por subir hasta la torre del campanario para ver las vistas de la ciudad desde el punto más alto. Y bien mereció la pena. Hacía frío y un viento que daba vértigo pero la vista era muy bonita.
Desde aquí continúe visitando la Puerta Dorada
(parte de las primeras fortificaciones de Kiev como ciudad supuestamente construidas por los vikingos) y paré en un café a tomar algo y entrar en calor. Del resto del recorrido de la tarde lo que más me llamó la atención fue el pedestal del final de la avenida Shevchenka.
Hasta 2014 se erigía allí la última estatua de Lenin en Kiev pero que fue derribada como protesta hacia los rusos por el apoyo que estaban dando a Yanukovich. También por el símbolo que representa. Hoy está el tridente que aparece en el centro del escudo.
monumento a la amistad entre las naciones (que es un arco plateado enorme que parecía centrarse más en los vínculos entre Rusia y Ucrania). Aquí comenzó a llover y me refugié en la catedral católica donde asistí a una misa completa con música en directo y pantallas donde se podían leer las palabras del sacerdote. Me di la paz con los asistentes a mi alrededor. Algo que me llamó mucho la atención de las iglesias que visité (la mayoría ortodoxas) es que había mucho joven feligrés, algunos incluso soldados con uniforme. Y mi explicación para eso era la guerra, con la posibilidad de muerte propia o de allegados creo que el alma humana es más propensa a necesitar apoyo espiritual. En cuanto paró un poco continué camino hasta el monasterio de San Miguel,
fácil de identificar por su color azul cielo intenso y sus cúpulas doradas. En el interior había una misa con unos 10 monjes oficiando y muchos más feligreses de pie pasando por diversas imágenes orando y besándolas para después pasarles un paño por encima a modo de limpieza. Desde aquí, tomando la avenida Volodymyrska en línea recta se llegaba hasta la catedral de Santa Sofía.
De las varias opciones de pago para su visita yo me decanté por subir hasta la torre del campanario para ver las vistas de la ciudad desde el punto más alto. Y bien mereció la pena. Hacía frío y un viento que daba vértigo pero la vista era muy bonita.
Desde aquí continúe visitando la Puerta Dorada
(parte de las primeras fortificaciones de Kiev como ciudad supuestamente construidas por los vikingos) y paré en un café a tomar algo y entrar en calor. Del resto del recorrido de la tarde lo que más me llamó la atención fue el pedestal del final de la avenida Shevchenka.
Hasta 2014 se erigía allí la última estatua de Lenin en Kiev pero que fue derribada como protesta hacia los rusos por el apoyo que estaban dando a Yanukovich. También por el símbolo que representa. Hoy está el tridente que aparece en el centro del escudo.
En la ciudad había muchas galerías subterráneas conectadas con entradas de metro, que tenían comercios de todo tipo. También había artistas como músicos o amantes resguardándose de la lluvia; vi a un grupo de cuatro adolescentes con instrumentos de cuerda que congregaban a decenas de paseantes a su alrededor con una música prácticamente perfecta.
A las nueve de la noche fui a la estación de tren para ubicarme y estar a punto para tomar mi tren de las diez y veintidós a Lviv.
La barrera del idioma me hacía estar un punto más atento pero con tiempo y paciencia fui consiguiendo objetivos. El tren me pareció muy largo, y mi compartimento más que amplio, con cuatro camas para dos ucranianas, un emigrante africano de no sé qué país y yo. No sabía cómo subir hasta mi cama pero una de las chicas me explicó cómo sacar un peldaño de la pared, los huecos para guardar equipaje o el funcionamiento de las luces. Dormí profundamente hasta llegar a Lviv, al principio maldije un poco al africano por sus llamadas telefónicas en voz alta y su comida olorosa pero fueron sólo unos minutos.
Una de las cosas visitas que me quedaron pendientes en Kiev fue el museo de Chernóbil. Antes de comenzar el viaje tenía la duda de si intentar llegar a Pripyat con visita guiada y ver lo que queda de lo que fue una ciudad viva y próspera. Se puede ver a través de google view cómo es actualmente con la vegetación invadiéndolo todo. Después de haber leído un poco me dio algo de respeto ir pues es una zona que continúa contaminada y así estará por miles de años. Sigue habiendo un radio de unos treinta kilómetros alrededor de la central controlado por el ejército, para entrar hay que gestionar permisos, vestir con ropa que cubra la mayor parte del cuerpo y firmar una declaración en la que los visitantes no pedirán responsabilidades a la empresa organizadora si en el futuro se tiene algún problema físico que se pueda o quiera relacionar con una visita a una zona radiactiva. Leí un libro de la premio nobel bielorrusa Svetlana Alexievich que se llama "Las voces de Chernóbil" y que me impactó por ser una relación de testimonios de personas que padecieron las consecuencias de la explosión e incendio del reactor número 4. La mayor parte de la tierra contaminada está en Bielorrusia puesto que el viento soplaba en aquel momento hacia el norte y hoy en día un 20% del país sigue contaminado. Muchas de esas tierras fueron evacuadas y quedaron vacías, hubo gente que no quiso irse y se quedó allí igualmente y, un dato curioso: algunas de esas tierras vacías fueron ocupadas por rusos que tuvieron que huir de otros países en los que estalló la guerra (como en Tayikistán) o simplemente hubo presiones demasiado fuertes (pogromos) hacia los rusos una vez la Unión Soviética se disolvió.
El museo de Chernóbil en Kiev puede ser la oportunidad para ver documentos gráficos sobre aquella catástrofe pero me quedará pendiente para la próxima vez que pase por Kiev y no sea domingo. Y lo mismo me pasó con el museo-memorial del Holodomor...
La barrera del idioma me hacía estar un punto más atento pero con tiempo y paciencia fui consiguiendo objetivos. El tren me pareció muy largo, y mi compartimento más que amplio, con cuatro camas para dos ucranianas, un emigrante africano de no sé qué país y yo. No sabía cómo subir hasta mi cama pero una de las chicas me explicó cómo sacar un peldaño de la pared, los huecos para guardar equipaje o el funcionamiento de las luces. Dormí profundamente hasta llegar a Lviv, al principio maldije un poco al africano por sus llamadas telefónicas en voz alta y su comida olorosa pero fueron sólo unos minutos.
Una de las cosas visitas que me quedaron pendientes en Kiev fue el museo de Chernóbil. Antes de comenzar el viaje tenía la duda de si intentar llegar a Pripyat con visita guiada y ver lo que queda de lo que fue una ciudad viva y próspera. Se puede ver a través de google view cómo es actualmente con la vegetación invadiéndolo todo. Después de haber leído un poco me dio algo de respeto ir pues es una zona que continúa contaminada y así estará por miles de años. Sigue habiendo un radio de unos treinta kilómetros alrededor de la central controlado por el ejército, para entrar hay que gestionar permisos, vestir con ropa que cubra la mayor parte del cuerpo y firmar una declaración en la que los visitantes no pedirán responsabilidades a la empresa organizadora si en el futuro se tiene algún problema físico que se pueda o quiera relacionar con una visita a una zona radiactiva. Leí un libro de la premio nobel bielorrusa Svetlana Alexievich que se llama "Las voces de Chernóbil" y que me impactó por ser una relación de testimonios de personas que padecieron las consecuencias de la explosión e incendio del reactor número 4. La mayor parte de la tierra contaminada está en Bielorrusia puesto que el viento soplaba en aquel momento hacia el norte y hoy en día un 20% del país sigue contaminado. Muchas de esas tierras fueron evacuadas y quedaron vacías, hubo gente que no quiso irse y se quedó allí igualmente y, un dato curioso: algunas de esas tierras vacías fueron ocupadas por rusos que tuvieron que huir de otros países en los que estalló la guerra (como en Tayikistán) o simplemente hubo presiones demasiado fuertes (pogromos) hacia los rusos una vez la Unión Soviética se disolvió.
El museo de Chernóbil en Kiev puede ser la oportunidad para ver documentos gráficos sobre aquella catástrofe pero me quedará pendiente para la próxima vez que pase por Kiev y no sea domingo. Y lo mismo me pasó con el museo-memorial del Holodomor...
En Lviv (a las seis y media de la mañana) caminé hasta el centro y me refugié en un McDonalds hasta que dejó de llover y pude empezar a buscar hostel. En esta ciudad y alrededores pasé dos días. La historia de esta zona es cambiante; diferentes imperios y países han pasado por la Galicia ucraniana. En la Primera Guerra Mundial ocurrió aquí la ofensiva Brusilov, y durante la segunda guerra hubo un guetto y un campo de concentración llamado Janowska en el que murieron unas 40000 personas.
Como recuerdo de todas las guerras que han barrido la zona hay un cementerio que se llama Lychakivske que parecía más bien un bosque con tumbas camufladas y en donde estaban enterrados ilustres del país además de numerosos soldados polacos, ucranianos y de otras nacionalidades que murieron aquí.
De un pueblo cercano era originario el judío Simon Wiesenthal cuando estas tierras pertenecían al Impario Austro-Húngaro. Además, de la época soviética también se conserva el museo nacional y memorial a las víctimas de la ocupación que en su día fue cuartel general de la KGB y donde se encarcelaban y ejecutaban a todos aquellos potenciales opositores o amenazas para el régimen soviético. Muy parecido a otro que visitamos en Vilna, con celdas, fotografías de Stalin, cuartos de torturas, etc.
Como recuerdo de todas las guerras que han barrido la zona hay un cementerio que se llama Lychakivske que parecía más bien un bosque con tumbas camufladas y en donde estaban enterrados ilustres del país además de numerosos soldados polacos, ucranianos y de otras nacionalidades que murieron aquí.
De un pueblo cercano era originario el judío Simon Wiesenthal cuando estas tierras pertenecían al Impario Austro-Húngaro. Además, de la época soviética también se conserva el museo nacional y memorial a las víctimas de la ocupación que en su día fue cuartel general de la KGB y donde se encarcelaban y ejecutaban a todos aquellos potenciales opositores o amenazas para el régimen soviético. Muy parecido a otro que visitamos en Vilna, con celdas, fotografías de Stalin, cuartos de torturas, etc.
Por lo demás la ciudad era muy bonita, se comparaba con Cracovia, de la que no dista mucho, con iglesias, teatros, centro peatonal... y un castillo. O mejor dicho, una montaña donde un día hubo un castillo y desde donde se puede divisar la ciudad y sus alrededores.
En el hostel compartía habitación con un americano sexagenario y un eslavo con el que no hablé. El Cinema hostel costaba 200 gruvnas, poco más de seis euros, y ha sido por el momento uno de los mejores en los que me he alojado. El gerente era un chico de unos 45 años, humilde y cinéfilo, que había reconvertido la casa donde vivió con su familia desde niño en un hostel.
Al día siguiente tomé un micro bus hasta Zhovkva. Las estaciones de bus suelen estar alejadas del centro de la ciudad en las ciudades (salvo en Odesa) y por este motivo cambié el itinerario que tenía previsto para transitar por los Cárpatos y viajar desde Lviv en otro tren nocturno hasta Odesa. Zhovkva es una ciudad-pueblo discreta pero por eso mismo encantadora. La iglesia de la Santísima Trinidad junto con el castillo son los monumentos centrales.
Además, iglesias ortodoxas, el mercado, las murallas, una sinagoga en ruinas delatora de lo que un día significo toda esta tierra para los judíos, y muchos ladas, aquí sí se veían muchos, también mucha gente en bicicleta, sobre todo gente local de avanzada edad.
Además, iglesias ortodoxas, el mercado, las murallas, una sinagoga en ruinas delatora de lo que un día significo toda esta tierra para los judíos, y muchos ladas, aquí sí se veían muchos, también mucha gente en bicicleta, sobre todo gente local de avanzada edad.
A la vuelta tomé otro minibús y el conductor, Petrov, me hizo sentar a su lado. Yo no quería porque se iban subiendo señoras que se quedaban de pie. Él me decía por señas que se bajaban en dos paradas ésta, en cuatro aquella... No hablaba nada de inglés ni yo de ucraniano o ruso pero la voluntad de comunicación por ambas partes nos llevó a hacer cierta amistad. Subió otro conductor de minibús que iba a trabajar y Petrov le explicó "la situación". Para preguntarme si estaba casado señalaba su anillo del dedo, para los niños señalaba a alguno... un poco de nombres geográficos para ubicación, un poco de nombres de equipos de fútbol españoles para reubicación y así hasta Lviv. Utilicé un poco el traductor de google ucraniano-español y la verdad es que ayuda algo. En la estación de buses Petrov me dijo que me invitaba a un café y le dije que sí. Llamó a otro compañero que hablaba un poco de inglés pero que era tartamudo y con eso estuvimos charlando un buen rato hasta que conseguí terminarme el café que me pareció vomitivo.
Pude tomar en el trayecto una foto a una infraestructura de los tiempo de la Unión Soviética bastante extendida por las repúblicas que consistía en dos planchas de cemento elevadas con rampas de entrada y de salida para que los conductores pudieran cambiar ellos mismos el aceite a los coches. Vi varias en uso pero no pude comprobar qué se hacía con el aceite después.
Me regalaron un postre típico (de muchos países, y con origen árabe) que se llama halva, hecho con pipas de girasol. Me gustó tanto que guardé una parte para darla a probar en España pero que no tuvo tanto éxito...
El final de la tarde en Lviv lo pasé de compras y ocio hasta que se hizo la hora de tomar el tren. Las diez y media de la noche era también la hora de salida, esta vez únicamente una compañera en el compartimento que solo hablaba ruso y que prácticamente solo se dirigió a mí por la mañana para pedirme que saliese de la habitación porque se quería cambiar. Dormí muy bien; el trayecto fue de 11 horas esta vez y durante la mañana estuve contemplando las llanuras repletas de cereal. Leí que Ucrania era el principal granero durante la época soviética y paradójicamente también fue el lugar donde se produjo el "holodomor" o genocidio ucraniano por parte de Stalin dentro de las purgas de inicios de los años treinta.
Pude tomar en el trayecto una foto a una infraestructura de los tiempo de la Unión Soviética bastante extendida por las repúblicas que consistía en dos planchas de cemento elevadas con rampas de entrada y de salida para que los conductores pudieran cambiar ellos mismos el aceite a los coches. Vi varias en uso pero no pude comprobar qué se hacía con el aceite después.
Me regalaron un postre típico (de muchos países, y con origen árabe) que se llama halva, hecho con pipas de girasol. Me gustó tanto que guardé una parte para darla a probar en España pero que no tuvo tanto éxito...
El final de la tarde en Lviv lo pasé de compras y ocio hasta que se hizo la hora de tomar el tren. Las diez y media de la noche era también la hora de salida, esta vez únicamente una compañera en el compartimento que solo hablaba ruso y que prácticamente solo se dirigió a mí por la mañana para pedirme que saliese de la habitación porque se quería cambiar. Dormí muy bien; el trayecto fue de 11 horas esta vez y durante la mañana estuve contemplando las llanuras repletas de cereal. Leí que Ucrania era el principal granero durante la época soviética y paradójicamente también fue el lugar donde se produjo el "holodomor" o genocidio ucraniano por parte de Stalin dentro de las purgas de inicios de los años treinta.
En Odesa encontré cama en el Babushka Grand Hostel, regentado por una señora encantadora y su marido, ambos de más de 60 años. Ella había trabajado para la industria marítima soviética y había viajado a Cuba en 1983. Me invitó a cenar embutido y a probar vodka (de la marca Kvint), algo que tenía pendiente desde que aterricé.
Una de las anécdotas curiosas en el hostel fue que le dije al señor que no había agua caliente en la ducha, y él me respondió: "No es un problema de la casa, es un problema de la ciudad". Le pregunté que cómo era eso, y dijo: "Esto es Ucrania". Y resulta que Ucrania sigue manteniendo, no sé si en todas las ciudades, algunos sistemas soviéticos que abastecen a toda una ciudad con calefacción central o agua caliente central, con lo que eso supone de fugas y desentendimiento/despreocupación en cuanto a averías se refiere.
La ciudad es diferente a las que visité en el norte: el clima más cálido, sin tanta lluvia, mucha vida en la calle, con terrazas, más amabilidad en la gente... El físico también es diferente: más turquino en general, con la estatura menor, tez y pelo más moreno en general, más ojos marrones... imagino que debido al mayor intercambio con otras culturas a través del puerto.
Una de las anécdotas curiosas en el hostel fue que le dije al señor que no había agua caliente en la ducha, y él me respondió: "No es un problema de la casa, es un problema de la ciudad". Le pregunté que cómo era eso, y dijo: "Esto es Ucrania". Y resulta que Ucrania sigue manteniendo, no sé si en todas las ciudades, algunos sistemas soviéticos que abastecen a toda una ciudad con calefacción central o agua caliente central, con lo que eso supone de fugas y desentendimiento/despreocupación en cuanto a averías se refiere.
La ciudad es diferente a las que visité en el norte: el clima más cálido, sin tanta lluvia, mucha vida en la calle, con terrazas, más amabilidad en la gente... El físico también es diferente: más turquino en general, con la estatura menor, tez y pelo más moreno en general, más ojos marrones... imagino que debido al mayor intercambio con otras culturas a través del puerto.
La ciudad en sí no es tan bonita como Kiev o Lviv pero tiene playa, muchos parques, y está fundada por un español: José de Ribas, que además da nombre a la calle comercial más importante: Derybasivska.
Era típico visitar las escalinatas de las película "El acorazado Potemkin" y las catacumbas. Parece que la ciudad está hueca por debajo y hay muchas grutas (no las visité).
Era típico visitar las escalinatas de las película "El acorazado Potemkin" y las catacumbas. Parece que la ciudad está hueca por debajo y hay muchas grutas (no las visité).
Al día siguiente tomé un bus para cruzar a Moldavia por Palanka, evitando la frontera con Transnistria por los problemas derivados de los sellos y los no sellos en la siguiente frontera de salida hacia Rumanía. Llegué a Chisinau sobre las dos de la tarde y me alojé en el Suisse Hostel. En esta habitación era el más joven del grupo y esto me subió la autoestima: un peruano, un alemán, un italiano y un rumano eran mis compañeros de habitación. Con el peruano (de 70 años) y el italiano (de 42) charlé bastante. Ambos pasaban su vida básicamente viajando.
Chisinau no es una ciudad especialmente bonita pero sí es agradable y muy barata. Hice compras, me corté el pelo por tres euros y medio incluyendo corte, lavado, masaje y peinado, y descansé. La peluquera parecía eslava por la poca gracia que tenía pero en cuanto vio que me estaba haciendo una foto en la peluquería después del resultado final se rió bastante. Aunque no sé si de mí o de lo absurdo de la situación después de habernos "entendido" sólo por señas.
Hay mucha conexión con Rumanía, no solo por el idioma sino también por la moneda (leu/lei) y por las tendencias hacia su vecino del sur (Europa). Decían que Moldavia es el séptimo país mundial productor de vino así que los paisajes están bastante salpicados por viñedos entre campos de cereales ondulados.
Al día siguiente decidí cruzar a Transnistria, un lugar que merece un guión aparte.
Hay mucha conexión con Rumanía, no solo por el idioma sino también por la moneda (leu/lei) y por las tendencias hacia su vecino del sur (Europa). Decían que Moldavia es el séptimo país mundial productor de vino así que los paisajes están bastante salpicados por viñedos entre campos de cereales ondulados.
Al día siguiente decidí cruzar a Transnistria, un lugar que merece un guión aparte.
No sé si denominarlo país puesto que no está reconocido nada más que por otros territorios en su misma situación como Abjasia, Osetia del Sur o Najicheván, pero lo que allí vi sí me pareció suficiente para considerarlo un territorio especial. Tienen control de fronteras, bandera propia, insignias con propaganda soviética con hoz y martillo, moneda propia (rublo transnistrio), placas de matrícula propias, idioma (ruso), etc. En teoría siguen en guerra pero en situación de alto el fuego con Moldavia, y así lo atestiguan los ejércitos a ambos lados de la frontera con tanquetas de combate, trincheras, y algunos efectivos armados sobre todo en la parte transnistria. La frontera natural sería el río Dniester pero hay alguna población que queda en la orilla derecha que también se incluye en Transnistria como Bender. La capital es Tiraspol; me pareció agradable también: estatuas de Lenin, avenida de Marx y calle Lenin, banderas soviéticas, esculturas de Gagarin, Pushkin... y otras figuras rusas. Estuve charlando en la oficina de turismo con una chica y me dijo que casi nadie en Transnistria tenía pasaporte moldavo, la mayoría lo tenía ucraniano o ruso. La minoría moldava parece que está bastante discriminada y los colegios que están tratando de impartir las clases en rumano se reducían a seis en todo el territorio y están teniendo muchos problemas burocráticos. Gran parte de la economía de Transnistria depende de la empresa de licores KVINT, con mucha presencia publicitaria en la capital.
Visité el museo de historia local donde no había nada escrito en inglés pero pillé un grupo de turistas, creo que americanos, y capté parte de la historia de los enfrentamientos con Moldavia después de la desintegración de la Unión Soviética. Otro de los museos importantes que me invitaron a visitar es el de Zelinsky, inventor de la máscara de gas. El mercado de productos del campo me pareció intenso, como todos los mercados locales, y allí compré algunos pasteles y un plátano de Ecuador a modo de comida. Por la tarde regresé a Chisinau; por cierto en la frontera, en el puesto fronterizo de Transnistria me dieron un visado válido por un día que consistía en un papel que vuelven a pedir a la salida.
Por la noche tomé un bus con destino a Bucarest. Esta vez no dormí mucho; la hora y media en el cruce de fronteras a la una de la mañana me deshizo el sueño y cuando llegué a Bucarest me sentía cansado y somnoliento.
Por la noche tomé un bus con destino a Bucarest. Esta vez no dormí mucho; la hora y media en el cruce de fronteras a la una de la mañana me deshizo el sueño y cuando llegué a Bucarest me sentía cansado y somnoliento.
En Bucarest me alojé en el Antique Hostel. La ciudad me gustó mucho más de lo que pensaba, pues además del parlamento descubrí que tiene varias cosas interesantes para visitar: centro histórico, museo de historia nacional, pasaje Villacrosse y otros rincones con iglesias y sinagogas. Pero además, tomando el metro se podía llegar en unos minutos a lugares como el parque Herastrau, con el museo nacional Satului o museo de la Villa,
que me pareció de lo más espectacular en cuanto a museos de lo que he visto, con más de 200 edificaciones traídas de todos los rincones de Rumanía a lo largo del siglo pasado. Alquilé una bicicleta y me paseé por alrededor del lago con embarcaciones y numerosas zonas de ocio. Por la noche me quedé a un festival de música etnográfica que se llamaba Etnorama y en el que descubrí un par de grupos musicales que he estado escuchando mucho desde entonces: N.O.H.A y sobre todo: Fanfare Ciocarlia.
que me pareció de lo más espectacular en cuanto a museos de lo que he visto, con más de 200 edificaciones traídas de todos los rincones de Rumanía a lo largo del siglo pasado. Alquilé una bicicleta y me paseé por alrededor del lago con embarcaciones y numerosas zonas de ocio. Por la noche me quedé a un festival de música etnográfica que se llamaba Etnorama y en el que descubrí un par de grupos musicales que he estado escuchando mucho desde entonces: N.O.H.A y sobre todo: Fanfare Ciocarlia.
El domingo por la mañana lo dediqué a pasear por el centro, viendo cómo todavía seguía la fiesta del sábado noche a pesar de la luz dominical, y también gasté mis últimos lei en dos camisetas antes de ir al aeropuerto.

















































