Página personal. David Abarca

domingo, diciembre 18, 2016

ISRAEL

Aunque desde que regresamos de Camboya no había vuelto a escribir en el blog sí hemos hecho algún viaje en familia o por separado. Utilizo el blog a modo de que nuestro entorno sepa de nosotros pero también me sirve a modo de cuaderno de bitácora dónde apunto las anécdotas de los lugares a donde viajo.

La primera semana de diciembre viajé a Israel con un amigo. Este destino era uno de los que siempre están en el objetivo de muchas personas ya sea por motivos religiosos o culturales, ya sea por ser un lugar que está siempre de actualidad.

Mi vuelo hasta Tel Aviv pasó por una escala de seis horas en Zurich donde descubrí un aeropuerto VIP, todo está tan bien ordenado y limpio que da la impresión de lujo. El tiempo allí se pasó rápido con alguna lectura e internet.

La llegada a Tel Aviv fue a las cuatro de la mañana. Raúl llegó una hora más tarde en vuelo directo desde Madrid. Una vez reunidos acudimos al stand de “budget rent a car” donde tuvimos el primer problemilla porque mi tarjeta de crédito tenía un límite menor del que la compañía de alquiler exigía. Tras breve llamada a mi banco en España y sin solución desde allí me cobraron la fianza restante de la tarjeta de débito.


El coche que nos proporcionaron fue un Hyundai i25 automático, bastante grande. Amaneciendo salimos del aeropuerto y nos dirigimos hacia el norte por la ruta 4; el tráfico es terrible alrededor de las grandes ciudades en Israel pero a esas horas no tuvimos problemas. El tráfico se fue haciendo cada vez más denso pero en sentido contrario, hacia Tel Aviv.

Nuestra primera parada fue Cesárea, un enclave arqueológico declarado Parque Nacional que conserva ruinas romanas, bizantinas y de las cruzadas; y además posee un acueducto romano y un anfiteatro. Vimos las ruinas desde fuera puesto que eran las 7 de la mañana y estaba cerrado pero sí pudimos pasear por el acueducto.

Las primeras impresiones en el país y ya desde el aeropuerto eran de crisol de culturas, religiones y clases sociales. En la playa de Cesarea había bastante basura y un coche con dos hombres recogían sólo algunos objetos de la arena. Otro hombre hacía deporte corriendo por la orilla y se bañó después a pesar de que el tiempo era fresco en diciembre. Nos dijeron que la semana anterior había llovido mucho y las temperaturas eran bajas pero la semana que estuvimos nosotros fueron templadas y sin ninguna lluvia.

De Cesarea nos dirigimos a Haifa pero volvimos a hacer otra parada, esta vez para dormir un poco, junto al “Atlit Detention Camp” establecido por los británicos durante su mandato en Palestina (1920-1948) para la detención de los judíos que llegaban de forma ilegal al territorio durante esos años. El campo estaba rodeado de vallas con espinas, tenía barracones y la historia dice que podían llegar a tenerlos retenidos hasta 23 meses.


Después de una pequeña siesta continuamos hacia Haifa subiendo por el parque nacional del Monte Carmel. Por la 721 y la 672 llegamos hasta la universidad de Haifa, diseñada por el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer. La ubicación es perfecta para la vista de la ciudad y parte norte del territorio, hacia donde alcanzaba a verse nítidamente la ciudad de Acre. La torre Eshkol con sus 29 pisos culmina en una planta con sala de conferencias y corredor alrededor desde donde se tiene una vista panorámica del lugar. Nos dejaron subir sin problemas, en contra de lo que pensábamos.


Continuando por la 672 que va tomando diferentes nombres de calles y avenidas llegamos hasta los jardines de Bahaí. El bahaismo es una religión monoteista de nueva creación que consideran a su profeta como la manifestación del Dios contemporáneo y Haifa es su ciudad más sagrada. La arquitectura es discreta, las calles sinuosas y empinadas no me transmitieron nada especial. La mezcolanza sí. La zona portuaria tenía bastante ambiente árabe, con un zoco y viviendas por las que asomaban mujeres con hijab.

Mi amigo Jonatan nos invitó a cenar. Nos conocimos en un viaje a Panamá, coincidimos en el hostel de la ciudad de Panamá y de allí fuimos juntos a Kuna Yala durante cuatro días. Desde entonces habíamos tenido contacto esporádico. Me gustó mucho volver a encontrarlo en Israel. Emparejado ahora con su mujer Janí y con su hijo Ainita tiene una vida relajada enseñando en un colegio de primaria. Janí se crió en un kibutz, nos contó su experiencia y nos invitó a que visitásemos uno. Para cenar: hummus, carne, sopa, y un postre congelado hecho con higos, del que no recuerdo el nombre y que me encantó.
Tras la cena fuimos a un pub a tomar una cerveza y de allí a dormir, estábamos realmente cansados después de apenas haber dormido la noche anterior y de habernos movido tanto.


Al día siguiente con el coche llegamos hasta Acre o Akko como allí lo llaman. En la guía de Lonely Planet decía que Marco Polo pasó por Acre hace 800 años y el lugar no ha cambiado mucho desde entonces. Es la ciudad de los cruzados, la citadel es la joya, una ciudad subterránea, impresionante por debajo por el viaje en el tiempo a la época medieval, y es una ciudad viva y bonita por arriba. Su centro está tomado por la comunidad árabe y vive de forma casi ajena al turismo que atrae. Había guarderías con niños, pescadores arreglando sus redes en callejuelas a la sombra, cuadras de caballos o restaurantes locales donde el plato único era hummus, buenísimo por cierto. Recorrer el centro y asomarse al mar desde alguna parte de la antigua fortraleza era fácil. Teníamos la sensación de que fuese más otro país árabe que Israel. Desde donde aparcamos el coche caminamos hasta el centro y en ese trayecto sí que se podían contemplar familias y comercios judíos aunque no recuerdo haber visto ultraortodoxos.

Acre está a tan sólo unos kilómetros de la frontera con Líbano, Raúl quería llegar hasta allí para visitar Rosh Hanikra, donde decían que había un kibutz y unas cascadas pero como pasamos bastante tiempo en Acre se nos hizo algo tarde y decidimos dirigirnos hacia el este, a hacer parada en Safed. El camino hasta Safed es bonito, bastante montañoso al final con vistas amplias. Y la ciudad es muy peculiar por sus habitantes. Prácticamente todo el centro está tomado por ultraortodoxos que se dirigen a toda prisa arriba y abajo. Normalmente cuando van por parejas los hombres van un par de metros más adelantados que las mujeres. La indumentaria de ellos es muy parecida siempre, vestidos de negro, con los tirabuzones y el sombrero, pero en cuanto a ellas tampoco hay mucha diferencia: los vestidos son más variados pero con tonalidades oscuras y el peinado liso y con corte recto dejando a la vista la cara. Creo recordar que alguna vez llevaban pañuelo.


Nos pusimos a buscar alojamiento sobre la marcha y nos costó un poco. En un hostel nos preguntamos que de dónde éramos y después si éramos judíos. Cuando dijimos que no éramos judíos nos dijeron que no podíamos alojarnos allí y nos recomendaron que probásemos en otro lugar cercano. Finalmente terminamos en una pensión que era una vivienda particular de un matrimonio judío, tenía las paredes forradas de cuadros de rabinos y muchos libros con apariencia religiosa, probablemente talmudes, levíticos o torás. No hablaban inglés y sí un poquito de francés con el que nos entendimos para acordar el precio de 200 shekels por una noche en una habitación doble. Después salimos a cenar, teníamos intención de hacerlo en un restaurante kosher pero dado que los precios eran más caros cenamos en otro del que no recuerdo los nombres de la comidas. Yo cené un plato a base de huevo. Por la noche, creo que fue cuando salíamos a cenar pasamos por debajo de una casa en la que estaban tocando música klezmer con una guitarra y voces. A mí me impresionó aquel momento, esa música me pareció maravillosa y nos quedamos un rato escuchando el directo.

Al día siguiente nos dimos un paseo con la luz del sol, las calles tenían otro aspecto, no tan místico como el día anterior. Muchos niños por las calles yendo al colegio con sus tirabuzones y separados los niños de las niñas.

Nos costó dar con la salida para tomar rumbo al este, las calles eran empinadas y no resultaba fácil conducir. Llegamos hasta los Altos del Golán y visitamos el kibutz Merom Golan. Charlamos con una mujer que llevaba muchos años viviendo allí. Teníamos un turista israelí que se alojaba allí de intérprete puesto que ella no hablaba mucho inglés. Nos dijo que vivían 160 familias de las que 80 eran miembros del kibutz y otras 80 no. La conversación fue en el comedor comunitario, se supone que todo el kibutz hace las comidas en comunidad. Nos dijeron que desde hace 10 años a esta parte la filosofía del kibutz había cambiado bastante y que ahora había privatización. Deduzco que tendría que ver con una fábrica que había a las afueras. No nos enteramos bien de cuáles eran los medios de vida aunque seguramente el ganado vacuno tenía bastante peso por lo que pudimos ver. 


Nos recomendaron subir hasta el monte Avital y así lo hicimos. Lo corona un café que se llamaba "Coffee Anan". Estuvimos charlando un rato con un druso que nos vendió un tarro de una especie de miel que tiraríamos unos días después pero nos contó su interesante vida: sirio de nacimiento, con familia en los lados libanés, sirio e israelí no se sentía de ningún lado. De cuando en cuando pasaba a Siria a ver a su familia a pesar de que no hay una frontera legal abierta.


Las vistas desde lo alto del monte hacen comprender porque esa zona se llama "altos" del Golán. Este territorio fue arrebatado a Siria en la Guerra de los Seis Días del año 1967. El ejército era omnipresente por aquí: hummers, góndolas transportando tanques (lo cual me impresionó), aviones que habíamos visto ya en Haifa en dirección hasta esta zona y que pasaban hasta Siria a bombardear objetivos concretos (esto dicho por los noticiarios). Además, gran parte de la zona está minada a ambos lados de la carretera con alambradas y carteles que lo indican. La tierra al otro lado del alambre no parecía muy fértil, con mucha piedra del tamaño de un melón. Apenas tráfico en las carreteras circundantes, una sensación de aridez, con el monte Hermón nevado contemplando desde el norte. Hubiera podido ser una zona interesante para visitar durante más tiempo, con fortalezas como la de Nimrod pero no pudimos.

Nos deslizamos con nuestro Hyundai por la carretera junto a la frontera viendo a solo unos metros territorio sirio y ciudades como Quneitra, destruida y sin apenas vida ahora tras las guerras de los seis días y del Yom Kippur.


Por la carretera 98 y hasta el lago Galilea apenas hay vida extramilitar salvo por algún pequeño campo con vacas. En un punto la carretera comienza a descender y aparece una placa que indica que ese es el nivel 0, el nivel del mar. La carretera sigue en descenso hasta llegar al mar de Galilea (214 metros bajo el nivel del mar). El río Jordán se adivina pero no es fácil encontrar un lugar donde parar y mojarse los pies, así que continuamos hasta Cafarnaún, en plena Galilea, y antiguo poblado pesquero donde se supone que Jesús realizó alguno de sus milagros y "reclutó" algunos de sus apóstoles. Visitamos las ruinas, había numerosos grupos de turistas con guías a los que nos acercamos discretamente para escuchar cuáles eran los lugares donde vivió Pedro, ubicación de la sinagoga blanca o iglesia ortodoxa. Continuamos camino hasta Tabgha donde se encuentra el lugar en el que se dice que Jesucristo multiplicó los panes y los peces pero no llegamos a entrar a la iglesia y seguimos hasta Tiberíades, ciudad más importante aunque no por ello más atractiva. Comimos, dimos un paseo por las calles centrales y junto al puerto y seguimos en dirección oeste hasta llegar a Nazaret. En el trayecto se veían minaretes en algunos pueblos, el tráfico era desordenado y caótico.


Nazaret es una ciudad más grande, con muchas colinas como casi todo el territorio en esa zona. Dicen que es la ciudad israelí con mayor población árabe. Nos costó un poco llegar al centro y encontrar un hostel. Y aparcar el coche en un lugar que diese confianza también fue complicado. El hostel quedaba muy cerca de la zona de los lugares históricos y visitamos la iglesia de San José y la de la Anunciación, donde se supone que fue la casa de la Virgen María. Paseamos por la noche y cenamos en un kebab, había bastante ambiente. Por la mañana salimos a recorrer el zoco, mucho ambiente también, no tanto de turistas sino más de gente local.

Tomamos el coche en dirección sur por la autopista hasta llegar a Tel-Aviv, donde no nos detuvimos. Cruzamos por dentro de la ciudad entre imponentes edificios modernos que contrastaban con todo lo que habíamos dejado atrás. A partir de Tel-Aviv el paisaje cambió radicalmente, arena, aridez en los campos, pobreza ambiental o de naturaleza... Nuestra próxima meta era Masada. A partir de Arad nos desviamos por una carretera sinuosa por el desierto, en algún punto volvimos a estar por debajo del nivel del mar y seguimos descendiendo (el mar muerto está a un nivel de -430 m).



Masada es genial, una fortaleza antiquísima con una historia dura que se remonta a la época de los romanos. Más grande de lo que parece, es/fue un complejo de palacios y fortificaciones que dejó de ser habitada después de la primera guerra judeo-romana o "Gran revuelta judía". Los romanos tuvieron asediada la ciudad por largo tiempo y finalmente construyeron una rampa por el lado oeste que utilizaron para acceder hasta ella. Cuando entraron, toda la población había realizado un suicidio colectivo (año 70 d.C).
Es un símbolo del nacionalismo judío. La caminata desde el parking hasta la parte alta de la meseta fue dura por el calor a pesar de ser diciembre, sobre todo para Raúl. Una vez arriba nos dimos cuenta de que la mayoría de la gente accedía por teleférico desde el lado este. Para ir hasta el mar muerto tuvimos que desandar todo el camino hasta Arad (donde por cierto chocaba ver a los judíos ortodoxos vestidos de traje negro bajo el sol abrasador) para tomar toda la carretera hacia abajo hasta la orilla. No sabíamos muy bien hacia donde dirigirnos para mojarnos los pies, parecía que estaba vallado o la zona formaba parte de complejos extractores de sal u otros minerales. 


Finalmente y después de haber dado alguna vuelta nos dirigimos a una zona hotelera que creo recordar era Ein Bokek, no teníamos muy claro si estaba permitido tomar un baño sin más utilizando las instalaciones de lo que parecía una playa privada ultraortodoxa, donde los hombres estaban en un lado y las mujeres, presumiblemente, estaban al otro lado de un biombo gigante. Raúl se decidió a bañarse enseguida para experimentar la flotación en el mar más salado del mundo, yo titubeé pero al final me bañé en calzoncillos. Diciembre y la temperatura del agua era fresca pero la experiencia fue genial. No se hundía más de la mitad del cuerpo, el fondo era de una especie de lodo blanco, salino. Estuvimos charlando con un grupo de hombres que no se quitaban el kipá ni para bañarse. Uno me dijo que creía que yo era americano y más concretamente de Chicago. ¿Por qué? Pues porque él tenía esa impresión. La sensación de que estábamos haciendo algo prohibido no me la quité en todo el tiempo, suponía que los ultraortodoxos pensaban que estábamos alojados en el mismo hotel. Después de un buen rato dando vueltas en el agua salimos y utilizamos las duchas a gran presión que había fuera para quitarnos todo el salitre que se quedó pegado al cuerpo. Después del aseo, vuelta al coche y dirección a Jerusalem. 

Raúl quería que acortásemos cruzando Cisjordania, lo cual nos advirtieron al alquilar el coche que estaba prohibido. Le dije que no y tuvimos que dar toda la gran vuelta hacia atrás para llegar a Jerusalem. Ya salimos cuando casi era noche cerrada. Nos turnamos al volante, y en una zona a unos 100 km de la capital yo iba durmiendo en el asiento del copiloto. Conducía Rául por la autopista. Abrí los ojos en un momento y vi que el coche se estaba yendo rápidamente hacia la izquierda, contra la mediana. El estilo de conducción de Raúl siempre me ha resultado extraño y poco atractivo pero lo miré y me di cuenta de que iba dormido. Agarré el volante para corregir la trayectoria mientras grité su nombre. Él se asustó y al despertarse dio volantazo a la derecha (yo también tenía agarrado el volante), el coche empezó a dar tumbos de izquierda a derecha a una velocidad de tal vez 120 o 140 km/h. No había nadie alrededor y no chocamos contra nada pero ese momento supuso un punto de inflexión en el resto del viaje. Mi humor ya no mejoró del todo tras haber visto el peligro que atravesamos durante esos segundos.


Llegamos a Jerusalem y el coche se convirtió en un dolor de cabeza, sin lugar para aparcar y sin conseguir que alguien nos diese una solución medianamente aceptable en cuanto a dinero terminamos dando unas cuantas vueltas después de hacer el check-in en el "Abraham hostel" hasta que por fin lo dejamos en un parking 24 horas y allí se quedó sin moverlo hasta tres días más tarde. Íbamos por las mañanas a pagar el día completo y nos movíamos andando y en transporte público. Llegamos un miércoles por la noche y volvimos a mover el coche el domingo por la mañana.

Jerusalem tiene algo especial, místico. Centro de religiones, tensión entre el pueblo israelí y el árabe-palestino, rezuma una sensación de seguridad e inseguridad al mismo tiempo. Los soldados armados hasta los dientes en cada esquina terminan siendo un elemento más de la decoración urbana. Los lugares para visitar están en la capa externa actual de una ciudad sobre la que se han ido construyendo unas ciudades sobre otras con arquitecturas y culturas diversas.

En el Abraham hostel nos alojamos en una habitación muy grande, con doce camas en literas. Pero estaba bien. El desayuno era buffet libre y el ambiente por las noches era muy animado con música, juegos y cenas interculturales en las que no participamos porque llegamos tarde para apuntarnos.

El primer día lo pasamos Raúl y yo paseando por doquier en la ciudad vieja. Desde nuestro alojamiento se podía llegar caminando. Una vez allí todo entra en ebullición. A mí me parecía más una ciudad árabe por los comercios y los atuendos aunque los turistas y los muchos judíos ultraortodoxos dirigiéndose al muro de las lamentaciones, además de los soldados armados, daban constantes bandazos a nuestras miradas. La ciudad vieja está dividida en cuatro barrios diferentes. A saber: armenio, cristiano, judío y musulmán.

Uno de los primeros lugares que visitamos fue el muro de las lamentaciones, está segregado por sexos con un 70% aprox para hombres y 30% para mujeres. A la entrada hay que ponerse un kippá sobre la coronilla. No está bien visto hacer fotos y de hecho, Raúl se llevó una pequeña bronca de un ultraortodoxo anciano al que no le gustó que lo grabasen (aunque el vídeo fue bueno). Había ceremoniales (¿Benei Mitzvá?) con niños que se supone pasan a ser hombres.

Queríamos pasar a ver la explanada de las mezquitas pero en todas las puertas (por las que sí pasaban los musulmanes) nos decían los soldados que no podíamos y que teníamos que ir hasta una entrada en el sur. Decidimos dejarlo para el día siguiente sin darnos cuenta de que el viernes es el día sagrado para los musulmanes y eso implicaba que la explanada estaba cerrada. Y el sábado es Sabbat y eso implicaba que los judíos la cerraban también para los turistas así que nos quedamos sin visita.


El vía crucis, el santo sepulcro y otras muchas iglesias (católicas, ortodoxas, o armenias) eran lugares de peregrinación para los turistas cristianos. En la iglesia del santo sepulcro nos encontramos con el presidente de Grecia Alexis Tsipras y las que dedujimos eran su mujer y madre o suegra. Esta última, para entrar en el Santo Sepulcro se arrodilló y entró gateando, para ello cortaron el río de gente que esperaba haciendo cola. Mientras esperábamos nuestro turno, una señora se cayó cuando estaba a punto de llegar la comitiva, y el monje ortodoxo custodio en ese momento se enfadó diciendo algo inentendible como maldita sea sin tener consideración con el daño que se pudiese haber hecho la señora. Además, trataba al resto de gente como hordas dando prisa en su visita al interior con modales poco amables.

El lugar donde fue crucificado, la piedra sobre la que se puso la cruz, el lugar donde yació... son estaciones del lugar para visitar. El exterior de la iglesia no es espectacular aunque el interior tiene su magia por lo que representa para la historia de la humanidad. Y, por cierto, el Santo Sepulcro es como una especie de cueva para la que había que agacharse para entrar y donde estaba una losa elevada bajo la que se supone que está lo que quedase de Jesucristo.

Por la tarde tomamos un bus desde la plaza que queda junto a la puerta de Damasco para llegar hasta Belén. La totalidad del pasaje salvo algunos turistas eran palestinos y la señora que viajaba a mi lado me señalaba las obras en el trayecto que estaban haciendo los israelíes diciendo ¡mira lo que están haciendo con nosotros!
En el control (¿frontera?) todos los musulmanes bajan del bus y les cachean sus pertenencias. Unos soldados subieron para pedir y ojear los pasaportes de los turistas.


Cuando llegamos a Belén había una manifestación que nos dijeron se debía a una protesta por el asesinato de un hombre a manos del ejército hacía unas semanas. En esta zona de Cisjordania había policía palestina pero no llevaba armas. Los judíos pueden entrar y salir libremente a Palestina hacia los muchos asentamientos que hay en todo el territorio pero no así lo contrario. Visitamos la iglesia de la Natividad, donde se supone que la virgen María dio a luz al niño Jesús, y callejeamos por las calles y mercados. Compré un belén fabricado con madera de olivo y charlamos con el dueño del establecimiento que nos dio una visión desoladora del futuro que ve para sus hijos en ese lugar, sin posibilidades de tener una vida digna por la opresión a la que dicen estar sometidos por parte de los israelíes. Si querían salir del país debían hacerlo cruzando a Jordania pero para ello también tenían que conseguir que el gobierno israelí los dejase pasar por las fronteras entre Palestina y Jordania que ellos controlan. El pasaporte para los palestinos es el jordano.


Al día siguiente conocimos en el desayuno a un español de Huesca que viajaba solo y que tenía una cultura inmensa. Un tipo raro al que parecía que todo lo que leía se le quedaba grabado en la memoria para siempre. Pasamos todo el día con él paseando. Subimos al monte de los olivos, visitamos el jardín de Jetsemaní, cruzamos al barrio armenio... y para la hora del comienzo del sabbat estábamos en la zona comercial que había junto al hostel para ver cómo cerraban todos los comercios a las tres de la tarde y cómo los guardianes ultraortodoxos se encargaban de, a golpe de una especie de trompeta, recordar que ya estaban en sabbat y debían ir cerrando todo. A partir de entonces la ciudad se convirtió en calma absoluta, sin transporte público, sin tráfico, sin tiendas donde comprar... todo se apaga. Creo que compramos algo para cenar en uno de los muy pocos restaurantes que vimos abiertos, y nos fuimos al hostel, donde había una cena grande y animada para aquellos que la hubiesen reservado con anticipación.


El día siguiente fuimos a por el coche y antes de dirigirnos hacia Tel Aviv fuimos a dar un paseo por el monte Herzl, que tiene varios museos (cerrados ese día) y un cementerio por el que paseamos. Tomamos la autopista hacia Tel Aviv y fuimos directos a la ciudad de Jaffa o también llamada Yafo; el área metropolitana se denomina Tel Aviv-Yafo. Muy bonita,  con callejuelas estrechas junto al mar, un puerto con mucha actividad y con numerosas galerías de arte y restaurantes llenos que daban una sensación de viveza. Tras unas horas allí nos dirigimos al centro de Tel Aviv, y allí visitamos primero el barrio yemení, y después algunas calles (esta vez cosmopolitas y occidentales) y la playa. Después de cenar en un restaurante unas pizzas tomamos el coche y nos fuimos al aeropuerto. Ya bien entrada la noche cogimos nuestros aviones, Raúl directo a Madrid y yo a Frankfurt para desde allí tomar otro a Valencia.