Página personal. David Abarca

miércoles, agosto 30, 2017

BALCANES

En este verano de 2017 he tenido la suerte de poder hacer otro viaje de exploración. 10 días que han dado para visitar de manera rápida varios países de los Balcanes.
En miércoles día 5 tomé un avión desde Valencia hasta Bari, en Italia. Mientras tomaba la decisión de si podía ir o no los precios fluctuaron arriba y abajo hasta que cuando me decidí costó 100 euros en total. El plan era cruzar desde Bari en ferry hasta los Balcanes y regresar en ferry después hasta Bari para tomar el vuelo de vuelta. Y así fue, aunque temo que el precio resultó más caro finalmente que si hubiese volado directamente a los Balcanes puesto que gasté otros 100 euros para cruzar el Adriático además de los tiempos de espera en Bari.

Lo primero que me sorprendió del sur de Italia es la cantidad de inmigración subsahariana en la zona. En prensa se repiten las noticias de naufragios y rescates de barcos sobrecargados con inmigrantes procedentes de Siria y países africanos pero una vez allí la noticia se convierte en realidad. Yo vi a cientos en las calles de Bari y los barrios y pueblos de alrededor desde el tren pero seguro son miles los que están allí. La sensación que tuve fue de que están bien integrados: bien vestidos, en pequeños grupos normalmente, muchos con smartphones y escuchando música. También viví un par de situaciones que me hicieron pensar sobre la situación extraña tanto para ellos como para la población local. En un trayecto de tren desde Bari hasta Alberobello, una chica de color vestida de color rosa muy vistoso y con tocado a juego en la cabeza, preguntaba por los andenes una dirección pero nadie conseguía entenderla. Finalmente entró en el tren dirección sur y a pesar de haber bastante sitio libre se sentó junto a mí dejando sus tres pesadas maletas cerca de una puerta. Tuvo varias conversaciones telefónicas por whatsapp en un idioma africano. Cuando llegó el revisor le di mi billete y, al pedirle el suyo, ésta le muestra uno que no tiene que ver con el mío, de otro color y arrugado. El revisor le dice que no es válido, primero en italiano, después en un inglés muy limitado. Cuando ve que no le hace caso se dirige a mí como si yo tuviese que ver con ella y yo, incómodo por la repentina responsabilidad, hice un gesto de desaprobación. El hombre le dijo que se bajara en la siguiente estación de Conversano a comprar el billete y ella lo ignoró mirando al infinito. Pasaron tres estaciones y ella bajó entonces con sus maletas, una sobre la cabeza, sin haber comprado billete, el revisor tampoco volvió a molestarla. En Alberobello, pueblo muy bonito por cierto, en la estación un chico de color se había dormido sentado en el andén. A mí me inquietaba la situación y avisé al funcionario que, molesto porque tuvo que levantar la mirada de su móvil, echó la bronca al hombre tratándolo más como a un niño pesado que como a alguien que está cometiendo un error.

La primera noche en Bari paseé un poco, en el hostel dormí en un dormitorio de seis. Estuve charlando con un portugués y un chileno que estaban de vacaciones por Italia. Al día siguiente tomé el tren hasta Tarento para visitar la ciudad y el Castillo Aragonés o de Sant Angelo
con guía gratuita por parte del ejército, que es quien lo gestiona. El centro histórico está en una isla que separa el golfo de Tarento del mar Picolo. El puente Girevole era otra de las señas de identidad de la ciudad. Tarento tiene mucha vida "de pueblo" en el casco antiguo, gente por las calles, ropa tendida en las fachadas, motos, niños jugando... Bari es arquitectónicamente parecida pero más ordenada y limpia. La tarde la pasé paseando sus calles hasta que a las siete fui al puerto para hacer el check in del ferry a Dubrobnik.

Dubrovnik no me gustó demasiado. Tres cruceros a la entrada del puerto significaron que todo el centro estaba colapsado de turistas que no dejaban ver más allá de las fachadas. Además era muy caro el lugar: 20 euros para subir a la muralla es buen ejemplo. Y el calor...

A las tres de la tarde tomé un bus hasta Mostar, ya en Bosnia. El paisaje por toda la costa era precioso, con montaña junto al mar, islas y algunos veleros alrededor. Desde entonces no dejé de ver montaña, constantemente. Mostar es un lugar muy bonito y relativamente tranquilo en cuanto a turismo se refiere. Nada más salir de la estación se empiezan a ver fachadas llenas de agujeros de disparos de la guerra de los Balcanes. Primero lucha entre bosnios junto a croatas contra los serbios y después lucha entre bosnios contra croatas. Voladura del puente viejo de la ciudad por parte de los croatas, dos cementerios musulmanes de varones fallecidos prácticamente todos en el año 93... son recuerdos de lo que ocurrió allí hace no mucho tiempo. El río Neretva separa la parte musulmana de la católica; por encima de los tejados pueden verse mezquitas más numerosas a un lado o iglesias al otro. Altura sobresaliente tiene la de la iglesia de los franciscanos.

Me alojé en un hostel donde conocí a una pareja de Vancouver. Los padres de él eran peruanos, además durmió otra pareja en la cama sobrante pero no llegué a hablar con ellos. Por la mañana madrugué y paseé por el centro de la ciudad, con el puente viejo vacío y las calles empedradas con los comerciantes comenzando a montar sus terrazas y artículos. Los precios eran muy asequibles, tanto de comida como de artículos de decoración. Llegué hasta la plaza de España, en la orilla derecha del Neretva; allí se encuentra un monumento en honor a los 23 españoles cascos azules caídos durante la contienda, la mayoría de ellos muertos en accidentes de tráfico. Otra cosa que me llamó la atención fue que por la noche había mucha mezcolanza de gente: turistas junto a musulmanes que iban o venían de la mezquita, música electrónica mezclada con música musulmana en la misma calle.

A las once y media tomé un bus a Sarajevo. La primera impresión fue de ciudad entre montañas, y así es. Está completamente rodeada por montañas. Las afueras, como en Mostar, tienen muchas fachadas sin rehabilitar, con los disparos incrustados todavía entre las ventanas. Los tranvías amarillos (muchos) repletos de gente. Desde la estación de bus me dijeron que no había buses hasta Kosovo, me fui caminanado al hostel: nuevo y limpio por 10 euros en una habitación de cuatro y con desayuno incluído. El río Miljacka atraviesa la capital del país. Dicen que hasta que llegó la guerra, al igual que en Mostar, la convivencia entre los vecinos, independientemente de su credo, era buena. Con el inicio de las hostilidades todo cambió y a pesar de que con los acuerdos de Dayton en el año 1995 la guerra paró, las tensiones siguen vigentes. Los bosnios viven a un lado y los serbo-bosnios a otro. Sarajevo tiene dos "lados" separados los centros urbanos unos 13 km sin apenas transporte público para unirlos. Averigüé que en el lado serbio hay otra estación de autobuses desde donde sí salen buses hacia Kosovo y hacia muchas ciudades de Serbia o Montenegro. Finalmente yo viajé desde allí hasta Podgorica.

Después de acomodarme y darme una buena ducha, acudí al centro y paseé hasta las cuatro y media, hora a la que daba comienzo un "free walking tour" donde un guía nos llevó por diferentes puntos de la ciudad contándonos diferentes partes de su historia. El lugar de inicio estaba bien elegido, justo en el lugar donde Francisco Fernando (heredero a la corona del Imperio Austro-húngaro) y su mujer fueron asesinados. Allí fue donde dio comienzo la Primera Guerra Mundial. Gavrilo Princip pertenecía a un grupo serbio receloso de la unión de Bosnia con Austria-Hungría llamado Mano Negra, y fue casi una casualidad que se los encontrase después de un intento fallido por la mañana y los matase.

Durante el tour conocí a una letona y a una española que estaba trabajando temporalmente en Mostar, me fui a tomar un par de cervezas con ellas cuando terminó la ruta. La española nos contó desde su experiencia lo que sabía de la guerra en Mostar y cómo las luchas que se produjeron tras el inicio del conflicto no obedecían tanto a la religión sino más bien al origen de cada uno; vecinos que siempre habían tenido una relación cordial empezaron a matarse entre ellos. La letona me invitó a ir a un tour al día siguiente que organizaba su hostel y acepté. A las nueve de la mañana estaba en este hostel, al otro lado del río, y hasta allí vino a buscarnos un chico del que he olvidado su nombre. Éramos siete: él guía, la letona, una holandesa, tres americanos y yo.

En el walking tour del día anterior había muchas nacionalidades, unos chicos de Barcelona dijeron que eran de Cataluña "por si colaba" se decían entre ellos pero no les entendieron. Había también holandeses y en un momento el guía explicó la matanza de Srebrenica. Dirigiéndose a una holandesa le dijo que los holandeses no debían culparse a ellos mismos por la matanza, pues eran los que estaban a cargo del lugar (bajo protectorado de la ONU) cuando ocurrió. Según el guía, Ratko Mladic se había trastornado después del suicidio de su hija, la cual dejó una carta escrita para éste antes de morir en la que le decía que su entorno le hablaba de su padre y de las cosas malas que estaban haciendo él y su ejército. No pudo soportar esta presión y decidió suicidarse. A partir de entonces Ratko cambió y decidió empezar la matanza. Acudió al campo y dijo al responsable holandés que tenía dos opciones: estar con él o contra él. Le dijo que sabía que no tenía armamento ni hombres suficientes para defenderse. El general al mando pidió ayuda a la aviación explicando la situación. La base aérea se encontraba en Italia y desde allí sólo tardaban varios minutos para llegar y bombardear en el caso de que se considerase oportuno pero desde la base dijeron que debían tener la aprobación de la ONU. Se pusieron en contacto con el responsable en ese momento que se encontraba en Nueva York, un japonés, que dio la siguiente orden según lo que explicó el guía: "Do nothing". En cuanto pasó el tiempo que los holandeses pidieron a Mladic, estos entraron en Srebrenica y asesinaron a unos 8000 bosnio-musulmanes.

En el tour el guía nos llevó por diferentes lugares de los alrededores de Sarajevo. Esta ciudad parece un anfiteatro, rodeada completamente por montañas. Aquí se celebraron los juegos olímpicos de invierno de 1984, cuya mascota: el lobo Vucko, aparecía en bastantes artículos de merchandaising. En la actualidad parece que es un buen lugar para practicar el ski, tanto por las montañas como por los bajos precios.
La primera parada fue una antigua fortaleza situada al norte de la ciudad y desde donde las vistas eran espectaculares. 

Desde aquí como desde otros puntos similares los bombardeos durante la guerra masacraban a la población civil bosnia. La segunda parada fue el barrio de Grbavica, donde nuestro guía había luchado. Hay fachadas donde se ven más agujeros que superficie plana original. Parece ser que se ha dado dinero a casi todos los edificios para su rehabilitación pero hay algunos que siguen intactos. 

Cruzando toda la ciudad fuimos hasta el túnel de Sarajevo que fue construido por las tropas bosnias para eludir el asedio al que estaban sometidos por parte de los serbo-bosnios. Por allí cruzaban tanto víveres, como armamento para la defensa de la ciudad como personas. Pasaba por debajo del aeropuerto que estaba controlado por la ONU. Actualmente se mantiene abierto al público sólo uno 25 metros que dan para hacerse una idea de cómo se cruzaban los 800 metros iniciales. El lugar visitable es la boca de salida, desde donde se accedía a la zona libre de Bosnia para lo cual tenían que caminar montaña arriba para llegar a las poblaciones. Que pudieran cruzar el túnel no significaba que estuvieran a salvo una vez fuera. Las tropas serbias sabían de la existencia de este paso y bombardeaban la explanada entre el túnel y las montañas. El padre de nuestro guía murió en esa explanada por una bomba.

Después del túnel fuimos a almorzar a un restaurante junto al estadio olímpico y desde allí cruzamos a la parte llamada República de Srpska, que es la habitada mayoritariamente por población serbo-bosnia. Hay un cartel bien grande que lo deja claro en una intersección de la carretera. A partir de allí las banderas Serbias coronan los edificios públicos y los balcones, la arquitectura es diferente, predominan las iglesias ortodoxas aunque también puede verse alguna mezquita. Hay una parte de Sarajevo que cae al otro lado de la montaña y que corresponde a la parte Srpska que está prácticamente incomunicada por transporte público con el centro de la ciudad. Desde esta parte es desde donde salen la mayoría de buses hacia Belgrado y otras ciudades afines a Serbia como Podgorica, en Montenegro. 

El guía nos llevó hasta otra fortaleza con las mismas vistas impresionantes de la ciudad, esta vez con ruinas según él provocadas por las fuerzas serbias que bombardearon el lugar antes de irse. Desde allí parecía tan fácil poder bombardear la ciudad indefensa. Decían que había gente que iba prácticamente de vacaciones a practicar el tiro contra la población. El guía nos puso el ejemplo de un escritor conocido ruso que reconoció públicamente haber ido a Sarajevo a colaborar con los hermanos serbios.
El guía trajo dos botellas de licor tradicional, la primera nos la bebimos en la primera parada y la segunda quería que la bebiéramos aquí pero el cierre se abrió y se vertió toda por el maletero del coche.
La última parada fue la pista de bobsleigh, ahora no en uso, que se construyo para las olimpiadas de 1984. Paseamos por el interior de la misma hasta que nos vino a buscar unos 300 metros más abajo y desde aquí regresamos al hostel, donde terminó la ruta. Allí me quedé un rato, salí a pasear y comer un helado y cuando fueron las 8 uno de los trabajadores del hostel nos llevó a la estona y a mí hasta la estación de autobuses del lado de Srpska. Por el camino nos puso la canción de U2 “Miss Sarajevo”, que hace mención a un capítulo de la historia de la ciudad en el que se organizó un concurso de belleza durante la guerra con el título de Miss Sarajevo para la ganadora. Al final de este concurso abrieron una pancarta donde podía leerse “Don´t let them to kill us”.

Había luna prácticamente llena y el paisaje desde el bus se adivinaba espectacular. La distancia, no tan larga hasta Podgorica, llevó siete horas por las curvas. Una vez allí decidimos continuar en el mismo bus hasta Tivat. Tras una hora y media de espera, y cuando ya empezó a funcionar el transporte público tomamos un bus hasta Kotor, por una carretera igualmente bonita, junto al mar interior, con mucha montaña alrededor. Parece ser que esta zona fue el cráter de un volcán del que se desmoronó una parte y creó la actual entrada que llaman “Bocas de Kotor” y al que también le dicen que es el fiordo más meridional de Europa. La ciudad de Kotor es patrimonio de la humanidad, utilizada por diversas civilizaciones como fortaleza y refugio de flotas. Caminar por las calles o subir hasta el castillo en lo alto de la montaña son algunos de los atractivos. Además hay iglesias y diferentes ofertas turísticas como rafting o tours por el mar ofreciendo vistas y baños en grutas.

Desde aquí tomé un bus hasta Cetiña, cocapital del país y residencia del presidente. Este lugar fue bombardeado durante la guerra de Kosovo por las fuerzas de la OTAN porque se decía que se guardaba armamento para atacar Kosovo. La ciudad es pequeña y bonita, con edificios medievales entre calles peatonales pero hacía mucho calor y costaba moverse. Tras comer aquí y pasear un rato tomé otro bus más hasta Podgorica, la capital y ciudad más grande del país sin mucho que ofrecer al turista. El icono de la ciudad es un puente moderno que atraviesa el río Moraca. Hay una parte más antigua que no está en el centro que tiene un par de mezquitas bonitas. El centro en sí son varias calles comerciales.

Puesto que la ciudad no me gustó desde aquí decidí tomar otro bus nocturno hasta Pristina. No pude dormir mucho por el paso de las fronteras y por la preocupación que me causó uno de los conductores cuando me preguntó si como español necesitaba una visa para entrar en Kosovo. Le dije que no si no lo había mirado mal pero entonces recordé que España no reconoce Kosovo como país y que tal vez por eso podía tener algún problema añadido con mi pasaporte, cosa que finalmente no ocurrió aunque sí me creó ansiedad. La primera frontera estaba lejos de la segunda en mitad de la montaña, siempre montaña. En el bus viajaban bastantes kosovares, muy dicharacheros y con un aspecto que no me gustaba, parecían nerviosos. En el bus conocí a dos americanos de NYC que estaban viajando por los Balcanes haciendo conciertos de jazz en bares y clubs. No ganaban mucho dinero pero les daba para viajar. A Pristina llegamos al amanecer. Paseamos por las avenidas como la de Bill Clinton o George Bush, nombres que decidieron poner en agradecimiento por su apoyo en la causa kosovar. El centro me recordaba mucho a las ciudades alemanas, no parecía una ciudad con identidad propia. En la avenida Bill Clinton y junto a la estatua dedicada al mismo expresidente, había una tienda de ropa con el nombre de Hillary. Leí que en ella se vendían vestidos inspirados en el estilo de la señora Clinton.
Hubo un perro que nos siguió a todos lados durante el tiempo que paseamos por el centro. Los perros callejeros aparecieron en casi todas las ciudades que visité. Desayunamos algo en un bar, la moneda por cierto es el euro al igual que en Montenegro, y regresamos a la estación de buses para tomar otro hasta Skopje.

Skopje es una ciudad monumental, un museo al aire libre leí por ahí. Y en cierto modo lo es. Macedonia no es un país conocido por tener identidad propia. Tratan de agarrarse a algunos iconos mundialmente conocidos como Alejandro Magno o la madre Teresa de Calcuta pero la historia los contradice. Además de unas cuantas estatuas dedicadas a Alejandro, a su padre Filipo y a su madre Olimpia, también hay otras muchas dedicadas a figuras literarias del propio país que adornan puentes y plazas. Solamente conocí la capital del país, también entre montañas, y me pareció desarrollada y barata. Dormí en un hostel y me dediqué a recorrer la ciudad. Hacía mucho calor en Skopje el día que estuve allí. En el museo del Holocausto se estaba fresquito y me pareció además que estaba muy bien hecho así que pasé allí un buen rato leyendo sobre los judíos que pasaron por el lugar desde que los españoles los expulsaron en 1492 y hasta que llegó Hitler al poder. El paseo por el Gran Bazar fue otra de las sorpresas de la ciudad. A pesar de que es un país mayoritariamente cristiano protestante, en ese área había todo un mundo musulmán (33% de la población) comerciando con el caos organizacional aparente aunque perfectamente organizado a la postre.

El río Vardar divide a la ciudad por la mitad, tenía dos barcos de madera decorativos que conseguían llamar la atención. La zona de restaurantes por el centro era agradable. La casa dedicada a Santa Teresa de Calcuta (no es en la que nació) tiene dos plantas con capilla y numerosas fotos y explicaciones de sus actividades a lo largo de su vida. Ella siempre se desmarcó de su nacionalidad macedonia puesto que toda su familia era albanesa y ella nació allí "accidentalmente" pero esto es suficiente para que el país la haya convertido en un símbolo. Lo mismo pasa con Alejandro; éste no nació en Macedonia sino en la antigua región griega de Macedonia (Pella), nunca se consideró griego sino lo contrario y conquistó a estos. Pero nada tuvo que ver con la actual Macedonia ni tampoco su padre. Por este motivo el país tiene un contencioso con Grecia puesto que esta última no permite que utilicen símbolos que proceden del actual territorio griego como propios. Han tenido bloqueos económicos y sanciones, también tuvieron que cambiar su bandera original.
Leí que económicamente a Macedonia le iba mejor cuando pertenecía a Yugoslavia con tres veces más turistas que en la actualidad que provenían mayoritariamente de Rusia. Es la única de las seis ex-repúblicas donde no hubo guerra.
Por la noche después de cenar un calzone con cerveza en un restaurante, fui hasta el pub donde actuaban los dos americanos dando un concierto de jazz. Tocaban bien pero no es el tipo de música al que acudir para un concierto sino más bien para escuchar la música de fondo.

Al día siguiente tomé un bus a las nueve de la mañana hacia Tirana, en Albania. En la estación de bus había un solo lugar donde tomar wifi, era un bar regentado por una chica con cara de pocos amigos que sólo daba la clave wifi si se hacía una consumición y además era ella quien escribía el código en tu móvil. Además cambiaba la clave a cada rato con lo que no había mucha posibilidad de copiarla de otros usuarios. Lo tenía bien pensado.

El trayecto en bus fue largo pero con el atractivo del paisaje durante las horas de sol. Poca agricultura entre las montañas, pocos túneles para cruzarlas. Si el bus salió sobre las nueve de la mañana llegamos a Tirana sobre las cinco de la tarde.

La capital de Albania me gustó; mucho bullicio pero con aceras lo suficientemente amplias para caminar toda la ciudad. O al menos el centro. Los precios bajos y la calidad buena para los mismos: comida y bebida, alojamiento y transporte a la mitad de precio en comparación con España.
El hostel en el que me alojé se llamaba Milingona. Cuando llegué hacía calor. El chico que me atendió era un chileno de Punta Arenas que llevaba ya varios meses viajando por Europa trabajando en algunos hostels para su sustento. Me llevó hasta una habitación y le pedí si podía ser otra en la que no tuviese que ocupar una cama en la litera de arriba, me llevó a otra habitación vacía y fue toda para mí hasta la mañana siguiente cuando me fui. Fue un placer la estancia allí y además el precio fue de ocho euros con desayuno incluído. El ambiente era bueno y se hablaba bastante español, la dueña lo hablaba porque tenía amigos y amigas en Edimburgo que era donde vive habitualmente. La ubicación estaba muy cerca de la plaza Skandenberg, enorme óvalo recién reconstruído después del periodo comunista. El guía de la visita "gratuita" que hice al día siguiente por la mañana nos contó que la rehabilitación de la plaza había costado 13 millones de euros, algo que parecía increíble dada la sencillez de la misma, a raíz de ello nos habló de la corrupción que carcome el país y que, según él, es una de las razones por las que Albania no entra en la UE. Dió un ejemplo de un discurso de un embajador americano que me gustó mucho por su sutileza. Este embajador dijo frente a medios de comunicación que muchos de los políticos albaneses eran corruptos. Ante la obvia pregunta de los periodistas de si les podía dar los nombres de estos políticos él respondió lo siguiente: "cada político que lleva en su muñeca un reloj más caro de lo que cuesta mi coche es corrupto". Y entonces el día siguiente varios políticos fueron al congreso sin sus relojes...
Pasé la tarde paseando por la ciudad, cené una pizza con cerveza y cuando regresaba al hostel paré de nuevo en la plaza Skandenberg donde había un concierto de una orquesta sinfónica interprentando tanto piezas modernas como clásicas interviniendo otros artistas invitados al violín y cantantes. Estuvo muy bien.
El día siguiente por la mañana fui, como he dicho, a un walking tour donde un guía con un acento que me recordaba mucho al de Obama nos llevó por los lugares más importantes de la ciudad. Empezando en la plaza Skandenberg y siguiendo por la mezquita Meczet, río Lane, pirámide de Tirana, antigua residencia del dictador Enver Hoxha, bunkers, una iglesia ortodoxa, otra católica (la madre Teresa de Calcuta nació en Skopje pero su familia provenía de Albania y ella se sentía albanesa), etc.
Tras recoger mi mochila fui caminando hasta el lugar desde donde salían las furgonetas para viajar al norte del país. Me dirigía a Krujë. Esperé un rato dentro de una en la que me achicharraba, al preguntar la dirección de la furgoneta me dió la impresión de que el conductor me estaba engañando y por ello salí al cabo de un rato (después de charlar con una niña que hablaba un poco de inglés y de la que su madre parecía sentirse muy orgullosa y me dió una manzana) salí de la furgoneta y vi otra que en el frontal ponía Krujë, me monté en ésta y me llevó directo al pueblo. Allí tomé otra hasta el Kalaja (castillo). El pueblo que lo circunda es bonito, con calles empedradas llenas de comercios de artesanía esperando que algún turista compré una alfombra, un sombrero, una cerámica o un imán de nevera. El castillo no tiene nada que envidiar a los medievales europeos, con una vista fantástica. La historia dice que en esta fortaleza resisitió Skandenberg junto a 3000 hombres ante los ataques del imperio otomano.

Comí en un restaurante una gulash con pan y una cerveza. De vuelta a Fushë Krujë tomé otra furgoneta hacia Durres, lugar desde el que tenía que tomar el ferry de vuelta a Bari. Tuve allí tres horas en las que recorrí el puerto, el centro de la ciudad y la zona de playa. Parecía un lugar popular para las vacaciones pero con una conservación deficitaria. No sé si las instalaciones más antiguas venían de la época comunista. Hablaban de que Albania fue durante los años 60, 70 y 80 como la Korea del Norte actual; dió la espalda a la URSS y más tarde a China después de haberse aliado con ella, y se quedó en total aislamiento hasta que con la muerte de Hoxha y la posterior caída del muro comenzó a abrirse al mundo.

La vuelta en el ferry fue mucho más placentera que la de la línea Bari-Dubrovnik. En este barco los bancos no estaban subdivididos y se podía dormir plácidamente casi en cualquier lugar. Llegué a Bari a las ocho de la mañana y fui paseando por el centro hasta la estación de trenes. Allí tomé uno hasta Alberobello. Mucho turista pero el lugar era original con sus casas "trullo".

De vuelta en Bari comí pizza y cerveza nuevamente y me dirigí a la plaza Aldo Moro para tomar un bus que me llevase al aeropuerto. Poco antes había comenzado a llover por primera vez en los diez días.