FILIPINAS
Me siento muy afortunado por haber podido visitar algunas de las islas Filipinas. Es un país muy marcado en la historia española y con el que sin embargo creo existe poco contacto emocional o ni siquiera curiosidad, entre las dos partes.
Viajando por algunos lugares tuve constantes déjà vu de Latinoamérica: arquitectura, cocina, ropa tradicional, religión, murales en las calles, fuertes... y el idioma! El tagalo, el cebuano o el ilongo guardan muchas palabras españolas en su vocabulario. Era divertido cuando hablando con gente (sobre todo niños) me preguntaban si hablaba algo de tagalo y yo les decía que sí, y como ejemplos comenzaba con un repertorio de vocabulario: patata, cebolla, limonada, mesa, silla, puerta, ventana, guisado, adobo, arroz, longaniza, tocino, calamares, lechón, niño, niña, baile, chicharrón, guapo, vaca, pato, carne, tenedor, cuchara, cuchillo, plato, vaso, lunes, martes... enero, febrero... uno, dos, tres... bizcocho, merienda, servilleta, cerveza, etc, etc. (por cierto: la cerveza San Miguel es más popular allí que en España pero tiene su explicación histórica).
Tengo dos alumnas filipinas de español que cuando comenzaron a estudiar dijeron que partían de cero pero en pocos días se dieron cuenta de que sabían mucho más de lo que creían.
Además de las lenguas locales, casi todos los filipinos hablan un excelente inglés, herencia americana del siglo XX, junto con otras como el baloncesto, con canchas por doquier y partidos de la NBA cada día en TV. Y sorpresa! Creo que no vi ni un sólo campo de fútbol ni camisetas del Barça, Real Madrid o Arsenal. Por fin un país sin globalizar futbolísticamente!
El inglés es el idioma vehicular para 100 millones de habitantes repartidos por las más grandes de sus 7000 islas. La guía que llevaba decía que cuando llegaron los américanos en 1898 llevaron muchos profesores de inglés y otras materias para formar a la gente mientras que los españoles habían tenido interés hasta entonces por que la población fuese iletrada
Llegué a Manila un día después que Francisco I, y el colapso en una gran urbe ya de por sí colapsada parecía notable, así que nada más llegar al aeropuerto a las doce y media de la noche (abarrotado a esa hora) me fui en otro avión a las 4.30 hasta la isla de Negros. Las pantallas de televisión estaban todas retransmitiendo en diferido las misas y recorridos del Papa por la capital.
Aeropuerto de Negros, una hora de vuelo desde Manila en la
que quedé tan profundamente dormido que en el golpe del aterrizaje me desperté
sobresaltado y desubicado. Estaba amaneciendo y llovía. Tomé una furgoneta y
fui al pueblo más cercano: Silay. A esas horas lo único abierto era la iglesia
así que allí fui, a mi primera misa en Filipinas. La iglesia llena, el público
de todas las edades; velas encendidas, cánticos, goteo incesante de gente hacia
el interior… sensación en mí de que el “negocio” va bien (perdón a los devotos
por el símil). La religión fue una constante a lo largo del viaje, la religión
católica quiero decir aunque la comunidad musulmana es visible también o la
cristiana protestante.
Leí que Filipinas es el segundo país con más católicos del
mundo (deduzco que por detrás de México) y la visita del Papá tenía el país
empapelado con su imagen. Hace un tiempo, largo ya, que considero la religión
como una medicina que hace bien a título personal-espiritual a mucha gente.
Pero, como muchas medicinas también tiene sus efectos secundarios que en
ocasiones perjudican seriamente la salud y en este caso no sólo personal sino
de la comunidad. Y aquí podría hablar de guerras de religión, alienación del
pensamiento, baja tolerancia a otras creencias, valores injustos (¿igualdad hombre-mujer?) pero sólo voy a
centrarme en lo que he percibido en mis días en Filipinas. La miseria (un paso
más allá de la pobreza), la superpoblación, y la desigualdad social van agarraditas de la mano con la religión católica en Filipinas. Lo que dice la
iglesia va a misa (obvio) y casi toda la gente va a misa. La “recomendación” de
no utilizar métodos anticonceptivos como el preservativo, la prohibición del
aborto o del divorcio (el gobierno tiene también su gran parte de
responsabilidad aunque dicen que hay voluntad por hacer cambios) hacen que las
familias con pocos recursos, la mayoría, tengan sus cinco, seis o más hijos
bajo la creencia de que aunque sean pobres Dios quiere que vengan muchos niños
al mundo y él les ayudará. ¿No posibilidad de divorcio = más violencia doméstica = uno de los motivos de la migración femenina filipina fuera de su país? Esta asociación la he oído varias veces a los mismos filipinos. Cuando estuvo el Papa dijo (para mí en voz demasiado
baja) que no se pueden tener niños “como si fueran conejos”; bien por la frase
pero insuficiente la concreción y el impacto.
Silay es un pueblo no muy grande pero bonito, con la plaza
central y la iglesia amplias y con haciendas y casas coloniales muy bonitas de
finales del siglo XIX cuando se comenzó a cultivar en la zona la caña de
azúcar.
Casa colonial reconvertida en el museo Balay Negrense
Después del paseo por el pueblo y de desayunar tomé mi primer jeepney
hacia Bacolod. El jeepney es el transporte más popular en Filipinas a modo de
bus, muchos de ellos son antiguos vehículos militares (jeeps) ampliados a lo
largo y acondicionados para el transporte de pasajeros. Los trayectos costaban
entre 7 y 12 pesos, que equivalen a unos 15-20 céntimos de euro.
Iglesia y cartel a la entrada de la misma escrito en ilongo (creo). Las dos únicas palabras no españolas son deducibles, sa es la y ni significa de.
Bacolod, la capital
de la isla, no me gustó, y desde allí tomé un ferry a Iloilo, en la isla de
Panay. Colonial y concurrida, con un puerto importante la ciudad tenía mucho
movimiento y poco turismo.
Calle en el centro de Iloilo con jeepney cruzando
Al día siguiente tomé otro barco y crucé a la isla
de Guimaras, más pequeña y acogedora. Allí alquilé una moto para recorrerla y eso
hizo que la disfrutara mucho. Es conocida por la producción de mangos, además la
vegetación era frondosa aunque esto es igual por cualquier isla, iglesias
católicas y festivales como el de Buenavista del que sólo pude ver una pequeña
actuación que también me resultaba familiar por la danza y los trajes. Los
nombres de las ciudades como los de las personas (sobre todo los apellidos) son
muy hispanos; en Guimaras una de los distritos se llamaba Nueva Valencia. Por
el país otros nombres como Valladolid, Zaragoza, etc. iban apareciendo en los
carteles de las carreteras. En el aeropuerto de Manila, mientras esperaba mi
vuelo a Negros los altavoces llamaban continuamente a Ernesto Mendoza, Michelle
García, Carmen Rodríguez, o Denis Núñez (muchos nombres propios están
americanizados pero los apellidos no). Entre tanto nombre y apellido latino me
pareció escuchar el mío una vez mientras miraba la retransmisión en diferido de
la misa y el paseo por Manila del Papa. Pensé que sólo me pareció oír mi nombre
pero la segunda vez ya sí fui a la puerta de embarque y para que me dijeran que
el vuelo se había adelantado media hora y que salía ya.
Ayuntamiento y playa de Nueva Valencia, en la isla de Guimaras
De Guimaras regresé a Iloilo y desde allí tomé un ferry
nocturno hasta Cebú. Los días anteriores había habido tifón y los horarios
habían cambiado por cancelaciones y todo era un poco confuso. Me era difícil
planificar la ruta porque a pesar de que hay muchos ferrys a muchas islas los
horarios cambian constantemente por climatología o a veces porque sí y no hay
ningún lugar donde la información esté centralizada. Además también me ocurrió
que incluso la información oficial de una empresa no era cierta y después de
que me dijeran en Iloilo que la misma compañía con la que viajaba a Cebú
viajaba también a Masbate y podía tomar un ferry el martes, después resultó que
el barco sólo era para mercancías y no pude viajar. Por otro lado el ferry me
gustó mucho, barato y bien acondicionado por dentro aunque… las imágenes del
atraque en Cebú son significativas en cuanto a cómo se da mantenimiento a sus
barcos o se cuida el medio ambiente.
Cebú, interesante lugar. Isla y capital con el mismo nombre. No sé cuánta gente vive allí pero diciendo “mucha” creo que acierto. Además era la fiesta del Santo Niño, mares de devoción en basílica y calles entre los niños callejeros cubiertos de mugre.
El Santo Niño fue entregado al jefe tribal de Cebú por Fernando de Magallanes, cuando arribó a esa isla en 1521. El niño junto a la Cruz de Magallanes son dos de los símbolos católicos más representativos en Filipinas. El navegante portugués consiguió cristianizar por las buenas a casi todos los jefes tribales de la zona pero uno se resistió: Lapu Lapu, en una pequeña isla a tan solo unos metros de Cebú, hoy unida por un puente con la capital. Cuando fueron a convencerlo de sus buenas intenciones Lapu Lapu acertó con una flecha envenenada en la pierna de Magallanes, al que parece ser que luego remató con espada. El caso es que salió de allí malherido y murió al poco.
Tras este episodio Juan Sebastián Elcano tomó el mando de la expedición española para terminar la primera circunnavegación alrededor del mundo y ya no aparecieron más españoles hasta Miguel López de Legazpi en 1564. Construyó el fuerte de San Pedro y continuó el trabajo catequizador hasta Manila, de la que hizo su base y donde ya había por entonces un asentamiento musulmán.
Actualmente el problema con la comunidad musulmana en Filipinas es bastante grave en
el oeste de la isla de Mindanao y en las islas aledañas.
Interior del fuerte de San Pedro en Cebú
Una parte de la basílica del Santo Niño de Cebú
Mi objetivo desde Cebú era continuar por barco hacia el norte hasta el sur de la isla de Luzón para ver el volcán Mayón pero por los horarios de los ferrys cambié de plan y regresé a Iloilo para desde allí ir directamente a la isla de Boracay cruzando en bus la isla de Panay de la que por cierto me gustó mucho el paisaje. Boracay es pequeña y bonita con playas muy conocidas y por eso mismo masificadas. Pasé allí una noche, me bañé en la playa, y paseé largamente y escapé.
Otra vez tuve un lío con los ferrys aunque esta vez me salió bien. Mi siguiente objetivo era llegar a Baler, en el noreste de Luzón. Tomé un ferry durante diez horas desde Caticlan hasta Batangas, aparecieron delfines aunque lejos. Esta vez los compartimentos de la clase turista estaban demasiado fríos y pasé buena parte del trayecto en la cubierta con otros turistas bebiendo San Miguel y escuchando la música en directo, más bien un karaoke. En este ferry había capilla, en los otros no vi aunque sí en todos había alguna imagen y/o mensajes religiosos como aparece en la foto de abajo o también por megafonía pidiendo a Dios que tuviéramos un buen viaje. Además estaban los carteles junto a las carreteras, carteles que no habían sido puestos por particulares sino que parecían más bien de obra pública.
La imagen de abajo la tomé en el aeropuerto de Filipinas junto a la puerta de embarque el día que volvía.
En Batangas tomé un bus directo a Manila y desde allí otro a Baler. Llegué más de 24 horas después d haber salido de Boracay.
El objetivo de Baler era en principio visitar el pueblo y la iglesia donde estuvieron pertrechados los últimos de Filipinas.
Llegar hasta aquí es complicado porque hay que cruzar la Cordillera de Sierra Madre, tal vez por eso no haya tanto turista, además tampoco vive mucha gente. Es destino para surfistas, el mar aquí es muy fuerte, con grandes olas que invitan poco al baño pero que dan una sensación de naturaleza poderosa. Me gustó mucho, el primer día lo dediqué a la cultura del lugar y el segundo alquilé otra moto con la que recorrí la costa de arriba a abajo y algunos pueblos pequeños. En Baler se rodaron algunas de las escenas de la película "Apocalypse Now"
Desde Baler regresé a Manila y tuve un día para visitar el centro: Intramuros. Manila dicen que es una ciudad complicada, yo sólo sufrí el tráfico para entrar y salir pero Intramuros es bastante bonito y tranquilo salvando a los conductores de ciclos que no me dejaban en paz. La iglesia de San Agustín, la catedral, el fuerte de Santiago, edificios públicos; todo está concentrado dentro de los muros que en sí también son una atracción. Algunas calles están empedradas y muchas casas coloniales están bien conservadas.
El fuerte de Santiago es prácticamente una monografía sobre el héroe nacional: José Rizal, al que los españoles asesinaron en 1896.
De Intramuros llegué caminando hasta el barrio de Malate, zona de restaurantes donde los coches zigzaguean en la calle para esquivar a los viven en ella. Era ya de noche y la gente se preparaba para ir a dormir: cartones sobre las aceras, niños evacuando sobre las alcantarillas.




















