Página personal. David Abarca

jueves, junio 26, 2014

CAMBOYA VIII

Hoy estaba esperando en uno de los semáforos de los de 120 segundos, de los que tienen un contador de dos dígitos que sólo llega hasta 99 así que cuando la luz cambia a rojo el número 99 permanece impasible hasta que pasan 21 segundos y empieza la cuenta atrás hacia el verde. Como aquí la diferencia entre el rojo y el verde no existe para casi ningún conductor de vez en cuando veo pequeños toquecitos que se resuelven con un "hasta luego" pero hoy he oído un crash más sonoro y al volver la cabeza he visto a varias personas metidas debajo de un camión. Iban todas sobre una moto y eran un hombre, dos mujeres y un bebé tal vez de un mes o dos. La moto había parado cuando el semáforo ha cambiado de color pero el camión no y se los ha llevado por delante. La mujer con el bebé ha sido la primera en salir de debajo y parecía estar bien, la segunda era más mayor y se dolía de la espalda y el hombre que ha arrastrado un poco la pierna por el asfalto ha sido el peor parado. Tras el susto y de nuevo en mi camino hacia clase he vuelto a pensar en lo que supone el tráfico y la polución para una sociedad; y llego a la misma conclusión: hay relación inversa entre volumen-caos de tráfico y "civilización". Viajar en bicicleta es decadente para los que pueden permitirse ir en moto y lo mismo para los que pueden ir coche así como otro tanto para los que conducen Lexus o Hummer. El objetivo no es transportarse de un lado a otro del modo más pragmático sino moverse desde mayor altura que el resto.

La cooperación japonesa dos veces ha intentado promover líneas de autobús en Phnom Penh (a principios de los 2000 y ahora en 2014) y las dos veces ha fracasado. Buses y paradas de punta a punta de la ciudad a lo largo de la avenida Monivong que no han seducido a la población.

La semana pasada hice un miniviaje de tres días a la ciudad de Battambang, a 300 km de PP en siete horas de autobús. Fue la primera vez que viajaba yo sólo en Camboya y decidí hacerlo en un bus local (6US$) pero la ida fue suficiente para decidir que la vuelta la haría pagando el doble yendo con otros turistas en furgoneta, con aire acondicionado, pseudo-wifi y dos horas menos de trayecto.
La provincia de Battambang  es famosa por los campos de arroz. También porque hay zonas amplias todavía que están sin desminar junto a la frontera con Tailandia. La capital es bonita, muy colonial y con muchos mercados y pocos turistas. En el recuerdo me quedará la asociación de esa ciudad con el olor a durian, la fruta con el olor más intenso y poco agradable que conozco. En muchos lugares por aquí, como hoteles, tienen puesta la señal de prohibido con un durian dentro.
En este vídeo se ven bastante bien, son grandes, verdes y con piel muy rugosa, casi espinosa.

Los alrededores de Battambang me gustaron más que la ciudad: el tren de bambú, pueblos de pescadores, murciélagos zorro voladores (más de un metro de envergadura, impresionante verlos volar a plena luz cambiando de árbol, la mayoría se abanicaban a sí mismos con las alas para soportar mejor el calor y cuando soplaba un poco de viento paraban al unísono), la única bodega del país con poca producción pero con un vino muy bueno que sí sabía a uva, las ruinas de Prasat Banan y los templos de Phnom Sampeau (lo mejor para mí).

El tren de bambú es parte de la antigua línea de ferrocarril que unía PP con Battambang. Hasta hace unos años se podía ir desde el centro de la ciudad hasta unos km al sur y los locales utilizaban unas plataformas de bambú montadas sobre dos ejes de ferrocarril para transportar mercancías. Sobre la plataforma hay un pequeño motor que conectan con una correa a uno de los ejes para dar motricidad y avanzar a velocidades nada desdeñables. La falta de mantenimiento ha hecho que ahora sólo quede un tramo para turistas para el que hay que desplazarse primero en moto y luego tomar el “trenecito” hasta la siguiente estación. Cuando dos trenes se cruzan, el que vaya menos cargado se desmonta y se coloca a un lado para que pase el otro y se vuelve a montar en menos de un minuto. Yo tenía la sensación de que nuestra plataforma podía descarrilar en cualquier momento; no había dos raíles que no estuvieran uno por encima del otro o uno o dos cm hacia derecha o izquierda, y eso a 40-50 km/h provocaba demasiados vaivenes. Y mirando hacia el frente se apreciaba cómo en muchos tramos las líneas no eran paralelas completamente.

El Prasat Banan son unas ruinas de la época de Angkor que están en lo alto de una colina. Medio derruidas pero bonitas sobre todo por su ubicación, aunque lo que más me gustó fue este lagarto azul.

Phnom Sampeau también está en lo alto de otra colina pero ésta es rocosa y la atracción es el complejo de pagodas en las que viven unos cuantos monjes junto a también bastantes monos no tan amistosos. La vista de toda la llanura alrededor es espectacular.


En esta montaña se encuentra también de los "killing fields" de la zona. Los jemeres rojos llevaban a los "condenados" hasta lo alto y los tiraban por el agujero de una cueva con caída de unos 20 metros. Además de los otros campos de la muerte en esta provincia también queda el vestigio de la presa de Kamping Poy, que se sigue utilizando hoy en día y que permite realizar dos cosechas de arroz al año en algunas zonas. La construyeron los jemeres rojos pero para ello murieron diez mil personas.


La visita a todos estos lugares la hice en moto con Loon, un chico que me contó algunas curiosidades de la zona como por ejemplo que la relación entre los budistas (mayoría) y la comunidad musulmana de la zona es bastante mala (¿una vez más religión igual a problemas?) pero no así con los vietnamitas que viven en las casas flotantes del lago. También me contó que los sobornos se dan no sólo a nivel de policía sino también de médicos y hasta de colegio (algo que ya había oído pero no de boca de un local). Los niños “deben” pagan 500 rieles al día (12 céntimos de dólar) a sus profesores para que enseñen “bien”. También me contó que para aprobar los exámenes no hace falta estudiar sino pagar, y otras experiencias propias suyas del estilo que sí me creí.