CAMBOYA VII
Mediados de marzo ya. Tal como nos decían el calor está subiendo cada día más y hasta que no lleguen las lluvias en junio la vida en el exterior pasa por la sudoración. La verdad es que para los que viven/vivimos en una "burbuja" no es tan duro. Me refiero sobre todo a los expatriados que viven en apartamentos con aire acondicionado, que trabajan en oficinas sofisticadas y van a restaurantes, cines o supermercados donde una chaqueta no está de más. Se podría decir que nosotros estamos en ese círculo y se supone que no pasamos tanto calor.
En las últimas semanas mis clases de español se han multiplicado sin tener que pasar por el altruismo así que estoy contento con eso. Los lunes, miércoles y viernes me toca cruzar prácticamente todo Phnom Penh y de momento lo hago en bicicleta, bajo un sol cada día más vertical que hace que sobre todo a la vuelta al mediodía, mi bicicleta no tenga casi sombra. La ducha cuando llego a casa es un verdadero placer.
La varicela, o "chickenpox" u "otsbay" como la llaman aquí, está siendo nuestra novedad, Darío lleva una semana en casa lleno de granos, algunos infectados que han hecho que sea necesario que tome antibiótico. No se ha quejado apenas el pobrecillo hasta ahora. Pasar tanto tiempo con él a solas jugando y cuidándolo me agobia a veces aunque las más me hace reflexionar sobre la vida y sentir algo parecido a plenitud.
En tres semanas tenemos programado un viaje a Malasia con la misma compañía que ha perdido un avión estos días. La incertidumbre de la desaparición y la posibilidad de que Aitana o Amparo tengan varicela también en las próximas semanas nos tiene en vilo.
Hace un mes fuimos a Kampot, cerca de Kep. Está en la desembocadura del río Kampong Bay pero sin llegar a verse el mar abierto. El lugar en que nos alojamos, Les Mangliers, era perfecto para los niños con cabañas de madera sobre el río, columpios, zonas verdes y de baño, paseos en bicicleta y más. Allí estaban las primeras ovejas que he visto en Camboya, cortando el césped entre los turistas atadas del cuello con una cuerda a una estaca que les movían de vez en cuando.
Éste lugar es famoso por su pimienta, también por arquitectura colonial y el parque nacional de Bokor, donde se supone que hay tigres, leopardos, osos, elefantes y monos varios pero al que no fuimos. Está ubicado en las montañas que se ven en las fotos al otro lado de la orilla.
Hace un mes vivimos un episodio que parece ser bastante corriente en Camboya. Aunque lo habíamos visto en la película “La pequeña Lola” no
pensábamos que fuese realidad. Íbamos paseando con Amparo y
los niños por una calle de Phnom Penh cuando vimos a tres policías apostados
bajo una sombra a unos 30 metros de un cruce principal, con semáforos. De los
tres dos eran bastante gorditos (lo normal para la policía aquí) y el tercero
no, debía ser el aprendiz. Estaban mirando, tal que leopardo a las gacelas,
cómo las motocicletas y coches se saltaban los semáforos en todas las
direcciones, sopesando cuál sería su próxima presa, probablemente la más lenta
e inocente. Hasta aquí nada fuera de lo habitual, otras veces me he parado un
rato y veo cómo los hombres de azul con casco blanco van eligiendo vehículos
que han cometido a saber qué infracción y en sólo un par de minutos los
billetes pasan de una mano a otra solucionando rápidamente el asunto. Pero esta
vez había una conductora de motocicleta “occidental” parada en el semáforo de
justo enfrente al de la “posta”, probablemente era la única moto con casco y parada
esperando el verde que no iba asomando el morro en el cruce para pasar buscando
el primer hueco disponible. En cuanto la luz cambio de color "el aprendiz" saltó a
la mitad de la calle desde la sombra, pero sin llegar a salirse de ella,
echando el alto a la rubia con unos aspavientos
bien practicados con algo que parecía un tubo o unos folios enrollados.
Viniendo por la calle desde atrás vimos la escena perfectamente. Los otros dos
rollizos de camisa tensa se quedaron supervisando la caza con los muslos
apoyados en las motos por si éstas se pudieran caer. La cara y la reacción de
la rubia fueron geniales, lo primero que le percibí fue una expresión de hastío
mientras movía los labios diciendo algo para sí misma y comenzó a decir no con
la cabeza mientras aceleró su moto hacia el centro de la calle esquivando al
policía. Éste se apartó dando un paso hacia sus compañeros y la vio pasar haciendo un
giro de cuello de 180 grados. Y entonces nos vio a nosotros que le llegábamos a
dos metros de distancia; la escena y su cara de “se me ha escapao” nos hizo
sonreírle un poco y nos devolvió el gesto ampliado con una carantoña a Darío
que iba plácido en el carrito. Los otros dos amigos también sonrieron y dijeron
algo a los niños que no entendimos.
Creo que ya comenté una vez en un post que se calcula que el
80% de los conductores de moto en Camboya no tiene carnet. No conozco los datos
del seguro pero probablemente vayan a la par. Los cascos son poco habituales
así como el respeto por las normas. Seguramente los extranjeros son los que
cumplen con todo o casi todo pero tienen dólares. El barrera del idioma y las
pocas ganas de discutir o tener problemas hacen que pagando un poco te dejen
“en paz”. Una amiga que tiene coche salió de un semáforo cuando la luz estuvo
verde y un policía la paró y le dijo que se lo había saltado. Le sugirió que le
ayudara a ayudarle y cuando ella preguntó cómo él respondió: “Deme para un
café”. La chica le dio un dólar y él replicó: “¿Dónde cree usted que me puedo
tomar un café por un dólar?”. Y ella le añadió otro más consiguiendo así finiquitar
su efímera relación.



