SINGAPUR
Singapur. Un país muy interesante por sus contrastes y sus características económicas y sociales. Es la primera nación que he conocido con pleno empleo (menos de 3% de paro). Es ordenada, límpida, bien diseñada, y con gente respetuosa que convive entre numerosas etnias y religiones. El 70% de la población desciende de chinos y el resto de malayos, tamiles y otras minorías. Los carteles estaban escritos en esas tres lenguas más el inglés.
Estuvimos cinco días en casa de un amigo de Amparo en los que disfrutamos mucho, sobre todo por la parte de los niños: parques, jardines, zonas de juego por doquier. El transporte público es amplio y efectivo (sin conductor en algunos trenes), las normas se respetan, zonas peatonales, mucho comercio y consumo... Un país-isla-ciudad cómodo para visitar, no sé si tanto para vivir con 5,5 millones de habitantes en en una superficie de 700 km2 que hacen tener la sensación de aglomeración aun cuando nosotros no nos movíamos en horas punta. Sólo un día que estuvimos en el Fort Canning Park nos pareció estar casi solos en plena naturaleza.
Los singapureños están obsesionados con la seguridad y cada tarde noche pasaban cazas sobre la ciudad con el consiguiente estruendo. No se fían de sus vecinos Malasia e Indonesia. El servicio militar es obligatorio para todo el mundo pero algo curioso es que no permiten ser oficiales a los nativos de origen malayo por cuestiones religiosas. No quieren musulmanes al mando en caso de ataque de sus vecinos también musulmanes. Cada apartamento tiene su propio búnker, es como una despensa de 2x2 sin ventanas y con muros de hormigón de un palmo de ancho. Me impresionaba la pegatina de la puerta con las instrucciones: eran más extensas pero en resumen decían que en caso de escuchar la alarma había que vaciar el búnker de todo lo que pudiera haberse almacenado para meterse dentro con agua, comida y una radio.
La ciudad es vertical, con todos los edificios por encima de 15 plantas. Se sigue construyendo mucho porque faltan viviendas y se sigue ganando terreno al mar: 100 km2 desde su independencia y con vistas a ganar otros 100 en los próximos años.
A pesar de que es una zona calurosa y lluviosa no pasamos mucho calor entre las sombras de hormigón y los aires acondicionados. Además de los parques infantiles y algunos centros comerciales conseguimos visitar también el downtown, el Acuario en la isla de Sentosa, el Raffles Hotel o Little India.
A pesar del alto desarrollo y de que aparentemente parece que todo funciona tan bien no me pareció que la gente fuese muy feliz. Es solo una impresión pero el lenguaje no verbal, las pocas sonrisas o saludos, la falta de espacio, las largas jornadas laborales o las pocas vacaciones... no sé.
No vimos ni un solo policía en los cinco días. Al final íbamos buscándolos pero no hubo suerte. Parece ser que están todos detrás de las miles de cámaras que hay. Un poco Gran Hermano o "1984" con las sanciones escritas en numerosos carteles. Comer o beber en el metro: 500 $, tocar el claxon en zona prohibida: 50 $, fumar en zona prohibida: 5000 $...
Ésta es una foto curiosa, otra forma de vender religión a través de carteles y apelando a las nuevas tecnologías.
Otra de las cosas que nos encantó de la ciudad fue su aeropuerto. El amigo de Amparo nos recomendó que fuéramos tres horas antes del vuelo para disfrutarlo y le hicimos caso. Y al final casi perdemos el avión porque se nos escapó el tiempo. Todo gratuito (menos las tiendas) y con bastante espacio: zonas de juego infantiles, zonas de videojuego para adultos, cine, zonas para pintar, jardines exteriores e interiores con estanques... Decidimos allí que, contando con que Singapur es lugar de escala para muchas compañías aéreas, intentaremos esa conexión para próximos viajes por la zona.














