CAMBOYA
Nuevo país, nueva etapa. Los que seguís este blog ya sabréis que ahora vivo/vivimos en Camboya. Desde que me puse a escribir aquí he ido describiendo mis sensaciones cada vez que viajaba a algún lugar, especialmente en la época en que vivimos con Amparo en Nicaragua. Hacía ya tres años que no añadía ningún post pero creo que volver a escribir es una buena opción de comunicación para aquellos que queráis saber de nosotros. Además también me sirve a mí a modo de catarsis y "cuaderno de bitácora".
Desde que llegamos a Phnom Penh hace diez días hemos estado bastante ocupados con la instalación y adaptación a las nuevas condiciones, y lo que nos queda...
Llegar a un país como Camboya ha sido como caer en otro planeta. Intentamos comparar con Nicaragua pero la verdad es que salvo por el clima y la vegetación no encontramos muchas similitudes; los rasgos faciales (puesto que aquí no tienen los ojos muy rasgados) y el color de piel de la gente pueden ser parecidos también; o algunas frutas pero no mucho más. Las diferencias culturales con nosotros son grandes y estamos intentando habituarnos a ellas.
Viajar y establecernos en Camboya con los niños ha sido y es un gran reto. Nuestro primer temor era el viaje de 23 horas hasta aquí que solventamos más o menos bien dentro de lo que cabe. Hoy he leído un artículo en El País que decía que una tercera compañía aérea (son asiáticas las tres) se ha sumado a la política de crear zonas en los aviones libres de niños. Me parece genial la idea y la suscribo pero espero que creen pronto también zonas libres de gordos que ocupan la mitad de tu asiento (o que paguen dos plazas) y otra más libre de roncadores o de "pies apestados". La verdad es que en el vuelo entre Valencia y Estambul Darío se fue turnando con otro niño que iba al fondo en una especie de fado que compungía tanto a padres como a vecinos pero resistimos todos estoicamente (tengo que reconocer y agradecer a Amparo su labor y paciencia por cierto). En el vuelo de Estambul a Bangkok decidimos no drogar a los niños tras el fracaso previo y con un simple antifaz y unos tapones para las orejas conseguimos un efecto infalible para la transición intercontinental. La espera en Bangkok pasó rápida y el vuelo hasta Phnom Penh también.
Una vez aquí nos hospedamos durante cuatro días en un hotel. En ese tiempo nos dedicamos a tiempo completo a la búsqueda de casa y colegio para los niños con el estrés que ello supone. Queríamos que estuvieran cerca el uno del otro y lo hemos conseguido relativamente.
Estamos en la temporada de los monzones y llueve casi todos los días varias veces, no es una lluvia molesta y no estoy seguro de si refresca o no porque el calor es alto y la humedad también así que cuando llueve lo que se nota es más humedad todavía. Una ventaja aquí es que en casi todos los lugares interiores (bares, restaurantes, casas, oficinas...) hay aire acondicionado y ello ayuda bastante a soportar el clima.
En los mercados como el que se arriba no hay mucha ventilación, los precios son baratos y las condiciones sanitarias deplorables pero para comprar fruta y verdura está bien. El mercado del vídeo se llama Pshar Boeung, está muy cerca de casa y me gusta cruzarlo y comprar algo de fruta cuando vengo de dejar a los niños en el colegio. A primera hora de la mañana bulle la gente por los pasillos, el pescado está vivo y salta fuera de las cajas o las latas y el olor a carne cruda y caliente me marea tanto como los conductores de tuk tuk ofreciéndome llevarme a cualquier sitio. En este vídeo se ve cómo una rana sin cabeza todavía se resiste a su destino.
Trato de hacer las fotos y vídeos con discreción pero me encantaría poder grabar todo lo que impacta en mi retina.
Por otro lado existen los supermercados y tiendas "occidentales" donde se puede encontrar casi de todo, eso sí, a unos precios desorbitados. Camboya importa casi todos los productos elaborados y eso aumenta significativamente los precios hasta una proporción de más o menos el triple de lo que cuesta cualquier producto en un supermercado en España. Una caja de leche entera (todas las marcas son australianas o neozelandesas) cuesta 2 US$ (1,6 €), un paquete de pasta de 500 g 1,8 US$, una barra de mantequilla 3,5 US$, una caja de cereales 4 US$, una caja de quesitos 2,5 US$, un bote de mermelada 3,5 US$, un bote de Nutella pequeño 4,5 US$, una caja de 1 litro de zumo 2,5 US$, 6 petit suisse (de otra marca) más de 7 dólares y así... Los precios suelen estar en dólares americanos aunque la moneda oficial es el riel (1 US$ = 4000 rieles). Para hacer la cuenta de lo que cuesta en euros multiplico los dólares por 8 y luego divido por 10 y sale bastante aproximado el precio aunque cada vez me da más igual, me parece todo muy caro. Las vueltas las dan entre billetes de dólares y moneda local (con miles y miles de rieles) y todavía me hago un lío, especialmente en los lugares menos "tecnologizados" donde además el idioma es otro impedimento y acabamos contando con las manos o marcando números en calculadoras como en el Pshar Boeung. Aunque la gente es muy amable en general (y lo que es mejor, creo que sincera) tengo a veces la sensación de que los precios aumentan automáticamente conforme pregunto cuánto cuesta una papaya o unas naranjas (por cierto, las he visto de Valencia, con su pegatina). Entre las pocas palabras que he aprendido a decir está "tlaina" que significa "caro", la suelo utilizar cuando los tuktukeros me dan su primer precio, se ríen casi siempre y me bajan unos rieles.
El transporte es otro punto importante, en el vídeo que viene debajo se puede ver cómo circulan por aquí. Nunca había visto un caos igual. Todo vale. Los semáforos (hay muy pocos) son como las luces de Navidad en España; queda bonito ver cómo cambian de color. Nosotros nos movemos en tuk tuk, que es una moto con un remolque detrás, o yo a veces en moto-taxi si voy solo. Los primeros días nos escandalizábamos, pero poco a poco vamos naturalizando que esto es así. A Aitana le encanta, por cierto, ir en tuk tuk. Como es normal, los primeros días nos estafaban cada vez que tomábamos uno, ahora ya sólo nos timan un poco y creo que nos quedaremos ahí, sin conseguir el precio que pagan los khmeres (los locales de aquí).
Sobre el transporte hay cosas curiosas, paradójicas, como
por ejemplo que aquí muchos de los conductores no tienen carnet pero que la
policía va sobre todo a la caza de los extranjeros para verificar que tienen un carnet de
conducir camboyano válido puesto que el internacional no sirve y como saben que
la mayoría no se lo saca pues consiguen así unos dólares extra de soborno que
los whities pagan con gusto para evitar un problema. Otra cosa
muy curiosa es que es ilegal llevar encendidas las luces de los coches y motos
durante el día pero en cambio no es ilegal llevarlas apagadas durante la noche; me hace mucha gracia eso.
La seguridad es un tema que a priori no es preocupante.
Camboya no tiene un alto índice de criminalidad aunque, como en todos lados,
también pasan cosas. Los extranjeros se supone que tenemos dólares y eso es un
riesgo, hay tirones de bolsos y robos de móvil o cámaras casi siempre desde
motocicletas.
La cantidad de motos aquí es impresionante. Calculo que hay
unas veinte o treinta, tal vez más, por cada coche. Las venden hasta en los
supermercados nuevas por 650 US$, las he visto esta mañana de poca cilindrada. Como es normal,
aquí una moto es familiar por lo que ver a tres y cuatro montados en una no es
la excepción. Hablo sólo desde lo que he visto en la capital, conforme vayamos saliendo
iré teniendo más perspectivas y tal vez aparezcan las bicis (no hay muchas en
Phnom Penh) o carros tirados por animales, no sé. He ido en moto taxi cuatro veces por ahora y me gusta; por la diferencia de tamaño con los pilotos tengo una visión por encima y contemplo así la marabunta circulatoria con la sensación de que van a impactar sobre mis gafas cientos de mosquitos, que son motos.
Por las mañanas se ven bastantes monjes budistas por las
calles, van rapados, vestidos con una túnica naranja y protegidos casi siempre
por un paraguas también naranja. Colgado a modo de bandolera llevan una especie
de cazuela plateada donde creo que almacenan lo que les va dando la gente. La
religión mayoritaria es el budismo, no sé en qué consiste muy bien; veo que cuando
alguien les da algo los mismos dadores hacen una larga reverencia a los monjes,
que se quedan de pie.
Los saludos que nos hacen en algunos lugares como
restaurantes o supermercados son todavía desconocidos para nosotros. Suelen
poner las manos delante, como los monaguillos, y hacen una ligera inclinación
con manos y cabeza hacia delante acompañado de una palabra. No he visto que
ningún “occidental” se lo devuelva de la misma manera, dicen que según la
altura donde coloques las manos y el tipo de inclinación se marca la distancia
o la diferencia de clase y respeto entre la otra persona y tú, así que es un
poco arriesgado entrar en el juego. De todos modos, como siempre tenemos las
manos ocupadas entre compras y niños no las podemos juntar y no hay el dilema.
Con un simple “hi” o un “susha dai” seguimos adelante.
El idioma khmer o camboyano tiene el alfabeto más largo del
mundo. Intentar aprenderlo es un deseo pero sé que no es real. No he conocido
todavía a nadie de fuera que lo hable, y hemos conocido europeos que llevan
aquí más de diez años. Relacionarte con los khmeres es un continuo “Lost in
translation”, me he acordado varias veces de Bill Murray en esa película porque
creo que se me queda la misma cara que a él en Japón. Algunos hablan inglés,
las personas más mayores algo de francés, pero el acento complica la
comunicación. Los conductores de tuk tuk, que es con quien más nos interesa
entendernos para que nos lleven, siempre dicen que hablan inglés o lo que pidas
con tal de que te subas, entonces les indicas la dirección y arrancan pero a
los pocos segundos (y esto nos ha pasado ya varias veces) se ponen a hablar por
teléfono y seguidamente nos pasan a su amigo que se supone entiende algo más y
es al que debemos darle las indicaciones para que éste se las traduzca después
al conductor. Como ya vamos conociendo nuestra zona al final vamos indicando
con la mano hacia la derecha o la izquierda para que giren. También hemos
intentado marcar el punto de destino en un mapa con el dedo pero tampoco hemos
tenido mucha suerte con eso por ahora. Se supone que orientarse en Phnom Penh
es fácil porque las calles tienen números, las verticales son las impares de
este a oeste y las horizontales los pares de de norte a sur, pero aquí como en
Managua se utilizan referencias que todos los locales conocen (como mercados o
pagodas) para desde allí decir tres calles arriba o abajo.
Hemos encontrado muchos contrastes. De entre los coches que
se ven por la ciudad hay muchos Lexus. Parece que la construcción está en plena
ebullición. Se ven muchos rascacielos aquí y allá, casi ninguno terminado aún,
que se intercalan con las casas de dos plantas o edificios de apartamentos como
el nuestro de cinco o seis. Algo chocante es que puede verse a muchas bastantes
mujeres trabajando en la construcción transportando ladrillos o moviendo tierra. En
un edificio de ocio ya terminado, bastante exclusivo, estuvimos en una pista de hielo (no
patinamos) en la décima planta con una buena vista de la ciudad. Por otro lado
no existen las aceras en PP (Phnom Penh) o al menos no con el concepto que
nosotros tenemos, aquí lo que serían aceras son los aparcamientos de coches y
motos además de almacén de cualquier cosa de manera que es imposible caminar
por ninguna; ello aboca a los peatones a compartir calzada con motos, coches, y
tuk tuks. De entre el caos circulatorio que siempre hay se puede sacar una
visión positiva y es que el tráfico es lento y no me ha parecido que haya
muchos accidentes graves más allá de “toquecitos”.
Pobreza se ve sí, no sé cómo se define bien la pobreza pero
imagino que la mayoría de gente de a pie lo es con sueldos que no superan los
100 US$ aunque para mi sorpresa todavía no he visto mucha miseria, mendicidad.
De Aitana, Darío y Amparo no hablaré mucho en este blog pero sí diré que están bien. A los que queráis os iré enviando fotos vía e-mail.
<< Home